El corazón sabe lo que quiere

Darío Jaramillo

—Dame tu mano —le dijo Jack a Rose mientras el cielo se pintaba de tonos  ante la puesta del sol.  Después le pidió que cerrara los ojos y, cuando ella lo hizo, la condujo unos pasos hasta la proa del barco—. Sube, agárrate del barandal. Mantén los ojos cerrados, no abras los ojos ––le susurró al oído mientras se ponía detrás de ella.

—No lo haré.

––Súbete al riel, sujétate bien ––le instruyó y la sujetó de la cintura.

Rose obedeció y se dejó llevar; el viento soplaba y jugaba con sus rizos pelirrojos, alborotándolos tanto como sus emociones. La brisa salada inundaba el ambiente.

––¿Confías en mí? ––preguntó Jack.

––Confío en ti.

Ante la respuesta, la tomó por las muñecas y le alzó suavemente las manos del barandal abriendo sus brazos, como haría un ave que emprende el vuelo.

––Ahora abre los ojos.

Rose obedeció. La vista del mar abierto, aunada a la emoción que la embargaba, enmarcó un momento inolvidable.

––¡Estoy volando! ––exclamó extasiada.

Jack sonrió; no había nadie más sobre la cubierta y era el momento perfecto… para empujarla por la borda.

No lo pensó dos veces y la mandó a volar, aunque solo fuera por  algunos segundos, hasta que cayó al agua. El impacto ahogó sus gritos y la succión de las hélices del barco se encargó de tragarse el cuerpo. Todo había salido de acuerdo a lo planeado.

Jack se dio la vuelta, para asegurarse de que nadie lo hubiera visto; la cubierta permanecía desierta. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y se dirigió a los camarotes de primera clase.

Se paró frente a la puerta del cuarto 217, mirando en ambas direcciones del pasillo y después entró.

––El trabajo está hecho ––informó Jack.

Cal, quien se estaba sirviendo un trago, volteó a verlo.

 

––¿Estás seguro de que nadie te vio?

––Nadie: fue un trabajo limpio.

Dejó el trago sobre la mesa, miró a Jack y le sonrió. Jack le devolvió el gesto.

––Creo que es hora de mi pago ––le recordó a Cal.

El empresario se dirigió a la caja fuerte y sacó una joya azul conocida como El Corazón del Mar. Después caminó hacia donde estaba Jack; solo se detuvo cuando sus narices casi se tocaban. Le quitó uno de los mechones rubios de la frente y le puso el collar del que colgaba el diamante en forma de corazón.

––Combina con tus ojos ––le dijo tomándolo por la cintura.

Jack admiró la joya y sonrió, puso sus brazos sobre los hombros de Cal y después se besaron.