La montaña de basura y escombros dominaba el horizonte y sobresalía entre los edificios; era enorme y era su territorio. Había montado un pequeño salón con lo que encontraba entre los desperdicios: un sofá viejo, una lámpara sin bombilla y, lo más importante, un televisor antiguo vacío, del que solo quedaba el marco de la pantalla y la caja. No había tubo catódico ni pantalla. Le daba igual que no funcionase, porque era él el que hacía los programas en aquel receptor. Se metía literalmente dentro de la caja y actuaba para un público inexistente que supuestamente se sentaba en el sofá del salón de aquel vertedero a ver su película. Cada día ideaba una trama diferente y la interpretaba dentro de su TV, lo que era prácticamente un ejercicio de contorsionismo.
Ese día la película era de gánsters, porque había encontrado una metralleta de juguete de las de los años 20 y se había auto-escrito un guion sobre la ley seca y los contrabandistas americanos. Una historia complicada, con muchos personajes, todos encarnados por él mismo, y con muchos tiros y muertos. Le encantaba morir en sus pelis, y lo hacía varias veces siempre que podía. La metralleta era enorme, y tenía que sujetarla todo el rato fuera del televisor; imaginaba que para el espectador era casi como ver en 3D.
Cuando estaba a punto de morir por última vez, en el clímax final antes de que saliera el cartel de “The End” y los títulos de crédito, sonó el reloj de cuco medio destrozado que había detrás del sofá.
Hora de irse, dejó la metralleta dentro del televisor y bajó por el empinado terraplén de desechos camino a su chabola. Con un poco de suerte, su madre hoy habría conseguido algo de comida para cenar. A medida que se aproximaba al poblado, vio el reflejo de las luces azules girando y alumbrando aquí y allá las maderas y los vidrios recompuestos que formaban sus hogares.
Paró un segundo, suspiró y bajó la cabeza antes de continuar andando.
Y pensó que de haberlo sabido hubiera traído consigo la metralleta en lugar de dejarla dentro del televisor.






