Yo también te odio

J.L. Rivas

 

—¡Yo soy la ira! —dijo él—con furia.

—¡Yo soy la cólera! —replicó ella— crispando la voz.

—Lo mismo da. Tenemos una misión, ¿recuerdas?

—Sí, hemos venido al mundo a sembrar el odio y la maldad,

—Estamos de acuerdo, pero últimamente estás fallando.

—¿Qué sabrás tú? Siempre crees saberlo todo.

—Pues de estas cosas sé más que tú.

—Sólo sabes gritar, y maldecir, como un energúmeno, pero luego te vienes abajo.

—Es lo que me enseñaron a ser desde pequeño; es mi trabajo.

—Menuda educación te dieron. No se puede andar así por la vida.

—Pues yo sí. Mi objetivo es instalarme en la personas y arruinar sus vidas. Y a fe que lo consigo, mírate: eres un despojo.

—¿Por qué te ensañas conmigo? Búscate otra víctima.

—Porque eres mi obra maestra, mi mayor logro.

—Tus insultos ya no me llegan, necesito algo más fuerte. Me has enseñado a odiar y ahora te desprecio.

—Tú no sabes odiar, por eso tu vida es un fracaso. Hablando de fracasos, tengo algo que decirte:

—Te escucho.

—Me he enamorado de otra mujer. Lo siento, lo nuestro ya no funciona, sólo nos prodigamos bondades. Se nos acabó la maldad.

—¡Eres un maldito canalla, me has estado engañando todos estos años!

—Gracias por comprenderme, estaba necesitando tus halagos. Yo también te odio, querida, procuraré hacerte el mayor daño posible. 

—¿Quién es ella? ¿La conozco? 

—No, pero es más mala que tú; me está enseñando los secretos de la iracundia. 

—¿Cómo has podido hacerme esto? Habíamos jurado odiarnos hasta el final.

—Te odié los primeros años, pero te fuiste volviendo cada vez más buena. Ya no tenías ataques de ira, no hacías nada para hacerme sufrir. Tu cólera estaba desapareciendo. Eso no entraba en nuestro proyecto de vida; esto no puedo seguir.

—¿Qué les diremos a los niños? 

—Qué Papá y Mamá ya no se odian, pero a ellos siempre los odiaremos mucho.  Que deben tomar ejemplo de sus padres y no creerse las tonterías que les dicen en la escuela: hay que ser buenos, honrados, ayudar a los demás y todas esas mentiras.  

—¡Maldito seas, eres lo peor! Te amo con todas mis fuerzas, Vete de mi vista..

—Gracias, si soy lo peor es que estoy progresando. No como tú que te rendiste a los buenos, a esa ideología que llaman “del amor” y que tanto daño causa a nuestros valores e ideales. Y todo porque ese estúpido profesor de música te lo fue metiendo en la cabeza. Y luego el guaperas del gerente del banco. Y el ridículo del deportista ese. Los enamoraste para sufrir el placer que no sufrías conmigo. ¡Eres una buena mujer; no podría seguir contigo ni un minuto más! 

—Adiós, Ira, —dijo él— te odio más que nunca.

—Adiós, Cólera, —replicó ella—yo también te odio.