Iñaki Rangil

Yo no soy futbolista

Dicen de los futbolistas que son los únicos que cobran mucho por hacer algo que les gusta.

El presente

Tras una decisión muy meditada, quizás influenciada porque tampoco tenía cabida otra posibilidad para resolver la cuestión. Una vez tomado ese camino, no hay vuelta atrás. De aquí a la gloria o al infierno, quedan fuera todas las demás opciones, si en algún momento llegaron a existir. Puede que pretenda convencerme de ese hecho, pero no supe ver ninguna otra. Para mí, la mejor, la única.

Puñetero cobarde, me va a oír. Se ampara en que no ha sabido tomar otra determinación. Lo que no debió es llegar hasta aquellos derroteros. ¿Acaso no estaba bien antes? Entonces, ¿por qué cambiar las cosas? Él y sus malditas aspiraciones a progresar. Ni Leire, ni yo le hemos exigido nada, nos conformamos con lo que teníamos. Ya se lo puede explicar bien clarito a su hija, de forma que lo comprenda, todavía es muy pequeña. Que le diga por qué no le vamos a ver en demasiado tiempo, eso si le volvemos a ver.

Antes

Al principio, estaba tan ilusionado como un niño con zapatos nuevos. Ir cada día al trabajo era activarme, tal como un resorte pone en funcionamiento cualquier mecanismo. Me sentía reconocido, no me costaba retrasar mi salida. En casa me comprendieron a la perfección pues me veían esa chispa que se apoderaba de mí. Arbil me lo ponía muy fácil y la pequeña, Leire, se alegraba con los juguetes que, de vez en cuando, le traía, casi todos, los pocos que veía en los escaparates. Enseguida los estrenaba y me hacía compañero de juegos, así que se hizo paciente en espera de premio. Entonces, todavía eran pocas las casas con aparato de televisión para el entretenimiento.

Me acuerdo como si de hoy se tratara, en su primer día, cuando llegó de su empleo nuevo, yo ignoraba sobre su labor. La sonrisa le cubría la cara, hasta se le iluminaba con los destellos que desprendía. Nosotras, también por simpatía. El humor era algo digno de recordar. Jugaba con Leire, yo estaba atendida como nunca hasta entonces. ¡Cómo no íbamos a estar felices! No obstante, también me sorprendió la primera vez que llegó tarde. Él le restó importancia, había sido su voluntad y no le incomodó. Cuando esto se hizo habitual, aceptándolo él sin ninguna extrañeza, a mí me comenzó a preocupar.

El presente

También, mi trabajo me encanta hoy tanto como en su comienzo, lo disfruto, mentiría si dijera lo contrario. No soy futbolista, pero me pasa lo mismo que a ellos y, aunque no llego a sus sueldos, tampoco me puedo quejar. En el hogar sigo igual, sin embargo, a Arbil le veo distinta su expresión al recibirme. Si supiera lo bien valorado que estoy en la empresa… Lo ignora todo y menos mal que nunca me ha preguntado a qué me dedico. Lo cierto es que, con el primer acto que ejercí con el papel de ejecutor de los encargos, traspasé esa frontera que no te deja retornar. Esto sucedió casi desde el inicio en la empresa, incluso antes me esmeré en cumplir los pedidos según esperaban de mí.

Llevo demasiado tiempo haciendo la vista gorda, tal vez por comodidad, beneplácito o dejadez. Cierto que lo poco que lo vemos cumple en casa, sin esfuerzo, con buena cara. Juega con Leire, no deja ninguna tarea pendiente, me agasaja. Tiene infinitos detalles como buen padre y esposo, pero ver lo absorto en el cumplimento de su trabajo me da qué sospechar. Hoy, según me ha anunciado por teléfono, me llegará una misiva suya con unas indicaciones a seguir mientras esté fuera por trabajo ineludible. Uno de tantos que le alejan de nosotras. Le ha dado mucha importancia seguir las instrucciones al pie de la letra, por eso me lo manda por escrito para no olvidar nada.

Mi empresa me encomendó la eliminación de un personaje. Lo maté, cumpliendo como siempre. Olvidaron indicarme ciertos detalles de seguridad y me siguen sus sicarios, debo desaparecer un tiempo. Le he mandado una nota a Arbil para hacerlas invisibles a ellas, la forma de evitar represalias, por si acaso.