Yo me arrepiento, tú te arrepientes

Ana Fortuny

Busco palabras para animarlo, pero no las encuentro.  Parecía estar tan lleno de vida, y ahora no lo reconozco.  Está sentado desde hace mucho tiempo en esa nebulosa, con los ojos cerrados.  Sostiene su cabeza entre las manos, como diciendo, no, no, por qué.   Nunca lo había visto llorar.  Ahora lo hace discretamente.  Cometió un error y no se lo perdona.  

 

ꟷMe arrepiento.  Debí depositarlo en Neptuno con un saco de semillas, un par de gallinas y algunos jabalíes.  Él necesitaba mucho espacio.  Me lo advertiste y no te hice casoꟷ me dice.

 

ꟷSí, lo sé ꟷle respondoꟷ. Es que la Tierra te parecía un nido más apropiado. Tu intención era buena.  Era tan fácil agregar una atmósfera y poner a funcionar los ríos y los océanos en Neptuno, para evitar lo que sucede ahora en el tercer planeta. 

 

Calla. Sigue meditando en la nebulosa.  Lo conozco y sé que hizo su mayor esfuerzo durante millones de años. Podría ponerle estrellitas en la frente o colgarle una medalla.  Una por una moldeó a cada criatura.  Les puso color, sonido y movimiento.  Algunas le salieron muy bien al primer intento, como las mariposas monarca, los pavorreales y las nutrias. Y ni hablar de los pinabetes y de las araucarias o de las amanitas y de las algas pardas.  Con los chimpancés y los gorilas tuvo algunos problemas; hizo varios ensayos y los dejó un tanto inconclusos.  Sin embargo, ahí van, se defienden.  

 

Al hombre lo quería casi tanto como a las salamandras, su obra más bella.  Estaba orgulloso de su cerebro.  Todas esas circunvoluciones le permitirían comunicarse no solo con “uh-uh”, sino con miles de palabras, y podría incluso hacer cálculos matemáticos.  Básicos, claro, pero le harían llegar más lejos que a los pingüinos, por ejemplo.  Podría construir rascacielos y molinos de viento.  ¿Qué había salido mal?, se preguntaba.  

 

Yo no podía decirle que el hombre era insaciable.  Era obvio.  Lo quería todo y le gustaban los cambios.  Estaba en su esencia, en ese soplo divino que el Supremo mismo le había silbado.  Le encantaba convertir los árboles en papel.  A los cocodrilos los transformaba en billeteras y a los Angus en salchichas. ¿Cachorros de focas? Bah, mejor que fueran abrigos, y los osos le quedaban muy bien como alfombras. ¿La lista? Interminable. Ahora empieza a darse cuenta y se arrepiente hasta del Arca.  Les hubiera vedado la entrada a los homínidos, pero tampoco se le ocurrió. 

 

El Supremo es muy duro consigo mismo. Quiere ser perfecto, pero a este nivel no existe la perfección. Incluso yo, que le di vida a él, carezco de esa cualidad. Hay otros Supremos arriba de mí. Aparecieron antes. Si fuera hacia atrás, como persiguiendo el rastro, llegaría a la Nada. Esa es la verdadera perfección. En la nada, nada puede fallar. 

 

Consulté con mis colegas en los otros universos: “Todo bien por acá. Nadie ha creado algo parecido al hombre.  Los planetas Tierra florecen, son muy diversos, y cuando algún búho se extingue es porque de veras ya le tocaba. Nadie fuerza la despedida”, me aseguraron.  Me invitaron a ir de vacaciones para pescar en los ríos cristalinos de esas biósferas. No sé si contarle eso al Supremo melancólico. Podría ponerse muy contento, o tal vez lo lleve a la depresión final, porque solo él se equivocó.  

 

Y veo cómo se consume.  Se arrepiente a todas horas.  Supongo que, si no hago algo pronto, lo perderé. Confundirá la música con los vulgares ruidos de aquella ciudad. Le dará lo mismo el aroma de las mandarinas y el olor de los cadáveres tardíos.  Esperará el atardecer en el vertedero, en vez de hacerlo a la orilla del mar.  Dejará de crear.  Olvidará que tiene que dar respuesta a todas esas súplicas, y al final, se despeñará por el orificio negro donde perderá la eternidad. Me dolería mucho.

 

Yo podría remediarlo, podría enviar a toda esa prole a Neptuno, pero dentro de algún tiempo, estaría yo sentado en la misma nebulosa.