Viejo verde | Sergio Llamas
Es una noche de paz. Es una noche de amor.
Es una noche de platos con galletas junto a vasos de leche. De sueños intranquilos, de digestiones pesadas; de pequeños pies descalzos recorriendo sin ruido las casas; de oídos inquietos detrás de las puertas; de ojos que asoman entre las sábanas.
Una noche de noctámbulos pegados a televisores. De llamadas por teléfono que se retrasan. Es una noche de oídos inquietos, de argucias infantiles, de sorpresas envueltas en celofán.
Es una noche de ausencias que pesan. De gente que no llega. De gente a la que ya, ni siquiera se la espera.
Es ‘la’ noche. Es ‘su’ noche, pero no llega a tiempo y por eso, no deja de correr.
Salta de tejado en tejado y se cuela con su magia por rendijas y chimeneas. Su cuerpo se vuelve amorfo, se aplana y se desliza por el quicio de las puertas. Se escurre bajo ellas como un sobre de papel. Se convierte en vapor y se adentra en las casas. Aúlla como una brisa fría que atraviesa calles y humedece ventanas.
Corre por el interior de una cerradura. Atraviesa el respiradero de un sótano. Suena un cascabel. Hace bailar una cortina.
Es un intruso en las casas. Una presencia no invitada junto a cuerpos dormidos y parejas zalameras.
A medida que despunta la noche debe esquivar las miradas distraídas de las sobremesas, de las familias que discuten, de los enfados disfrazados de modales. Huye de concilios de sofás y cojines, de soldados con uniformes de pijamas.
Frunce el gesto ante quienes alargan las veladas. Se oculta de un grupo que charla, de un brindis ebrio, de una despedida en la puerta de una casa. Un intercambio de besos amortigua el sonido de sus pisadas. Un villancico desafinado enmudece el crujido de sus botas. El goteo de los platos en remojo, el tintineo de sus ropas.
Hay risas y bostezos, pero el reloj sigue su carrera y le toma ventaja. Aborda otro edificio. Disimula su paso fugitivo en una habitación a oscuras. Se oculta de unos niños conducidos a la cama por unos padres achispados. Los títulos de crédito de una película en blanco y negro siluetean su sombra en la pared.
Avanza la madrugada y tiene que evitar a las mascotas que hacen vigilia al pie de las camas. En un salón, se acerca a un árbol engalanado con luces que parpadean. Empieza a contar regalos y tachar nombres, pero algo le observa. Es un perro pequeño de ojos saltones y cuerpecillo tembloroso. No impone. Subido a un taburete seguiría siendo enano. Pero no es su mordisco lo que le agobia, sino su estreidente voz. Callado, le hace gestos para calmarlo. A la garganta del sabueso se asoma ya un gorgojeo. El gruñido coge revoluciones en su pecho. Amenaza volverse ladrido. Va a abrir su boca cuando le agarra del hocico. Justo a tiempo. El chucho le clava en la mano los alfileres que tiene por dientes. Maldice sin palabras y le arroja polvos mágicos para que el sueño se lo lleve.
Una casa más. La noche avanza. El saco a su espalda cargado de paquetes. Da saltitos y los bultos se sacuden. Las esquinas de cartón se le clavan en los riñones. No afloja el ritmo. Sabe que el momento se acerca y sospecha que este año no logrará llegar a tiempo.
Quizás se ha vuelto demasiado viejo. Desearía estar en forma, ser más ágil, llegar a todas partes. Le sudan las axilas. Goterones gruesos se escurren por sus bigotes. Jadea al cambiar de vivienda. Cae por una chimenea. Las ascuas dejan de arrojar calor. Entonces alguien se gira en su cama. Da un tosido. Los muelles chirrían. Él se lanza al suelo y repta lejos.
La luna agota su trayecto. Las estrellas palidecen al asomar el día. No, no va a llegar. Agarra un pomo y justo antes de entrar en la casa, oye las risas de niños y el sonido al rasgarse el papel de regalo. Las manos de unos mocosos desenvuelven los paquetes y el Grinch alza su puño verde. Lo agita en el aire y maldice a la Navidad que amanece.
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