Thelma Moore

Viaje Increíble

Esta noche me reuniré con mis queridas amigas después de tres meses tan accidentados.  Deberemos ser muy discretas para que la prensa no se entere.  No nos han dejado en paz posterior a nuestro regreso.

Después de dos meses y medio de haber estado extraviadas por el mundo, ha sido un acontecimiento haber aparecido vivas, cuando ya nos creían desaparecidas o, en el peor de los casos, muertas. 

Recuerdo como disfrutamos la preparación del viaje que resultó ser muy prometedor y versátil.  Viajaríamos por veintiocho días a siete países de los menos visitados por el turismo.

Fue un viaje larguísimo el trayecto de Nueva York al aeropuerto de Singapur.  Nos quedamos boquiabiertas ante sus jardines colmados de orquídeas, flores exóticas y hermosas plantas selváticas.

Volamos a Vietnam.  Los vietnamitas son amables y no me pareció un pueblo resentido.  Uno de los guías nos habló sobre los miles de toneladas de bombas que habían recibido, me impresionó. Después de visitar santuarios y templos,  volamos a Bangkok, Myanmar, donde nuestras expectativas de aventuras se veían exacerbadas por el  atrevimiento de haber contratado un viaje en globo.  Para ello, arribamos a un pueblito  llamado Bagan.

La cita fue a las cinco de la mañana.  Reinaba la obscuridad y la temperatura era fresca.  Nos llevaron a un amplio espacio de tierra suave y olorosa.  Los organizadores nos ofrecieron un brindis con champaña mientras observábamos a esos gigantes coloridos tumbados sobre la superficie,  y  el rugir de los mecheros de gas recién encendidos calentando su vientre..

Llenas de curiosidad esperamos ansiosas el despertar de los gigantes.  Como un placer adicional nos deleitábamos la vista con  los apuestos pilotos rubios holandeses. Momentos después, los enormes globos se erigían orgullosos, atados como los gigantes de Miguel Ángel, ansiosos de emprender el vuelo.

Al fin, nos trepamos las cuatro en una canastilla junto a Joung, nuestro guapo piloto holandés.

Todo era expectación y el gusanillo del temor a lo desconocido nos invadió. 

Estaba amaneciendo y el sol aparecía en el horizonte acentuando los colores de los aparatos voladores.  Después de un cuarto de hora, el paisaje era maravilloso.  Volábamos sobre sembradíos en donde la tierra estaba siendo labrada por campesinos cuya tecnología se limitaba a un arado y un par de bueyes.  Lo admirable era la existencia de un pequeño templo en cada propiedad.  Estaban construidos con cúpulas doradas que resplandecían al sol y cuyos rayos de luz se cruzaban, formando haces luminosos.  

Cuando nuestro globo traspasó una de estas franjas refulgentes, sorprendida, les señalé a mis amigas otro rayo fluorescente, que descendió de muy arriba en el cielo y se posó sobre el haz de luz.  En ese momento sentí una sacudida y luego un desvanecimiento; después, ya no supe nada.

Desperté tirada sobre un suelo nevado al lado de una carretera vecinal,  la blancura de la nieve a mi alrededor me dañaba los ojos al reflejar los rayos solares.  Estaba aterida, no tenía idea de lo qué había pasado, ni dónde me encontraba.  Mis ideas estaba muy desorganizadas.

De momento no podía recordar nada que me explicara la situación.  Por lo pronto, el instinto de conservación entró en juego.  Me incorporé, tiritando, caminé unos pasos a la orilla del camino.  Escuché el motor de una camioneta y el chirrido de los frenos al detenerse.  Un señor con atuendo de leñador abrió la puerta  junto a mí y, sin mediar palabra, ni temor alguno, me trepé de inmediato. 

Si creía que el viaje hasta entonces había sido fantástico, lo vivido ahí, en ese mundo helado,  fue como de una película.  Me moría por contárselo a  mis amigas, pero no había podido tener contacto con ellas porque la prensa nos acosaba y no estábamos dispuestas a aclarar nada, no queríamos que nuestra vida privada se ventilara en público.

Por fin llegué al hotelito localizado  en las afueras de la ciudad.  Salí del auto ansiosa por verlas.  Solo habían llegado Rita y Jane.  Al verme, con lágrimas en los ojos, se apresuraron a abrazarme.  Enseguida llegó María caminando despacio.  Algo le había sucedido en la pierna derecha.

Nos sentamos en la salita del vestíbulo, y ahí empezamos a contar nuestras aventuras.