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Valhalla | J.I. Crespo

Valhalla | J.I. Crespo

Me llamo Rebeca Shark, soy piloto de       

Organismo

Robótico de

Combate

Acorazado       

y pronto moriré.

Pero esto último resulta irrelevante, pues éramos conscientes de los peligros de esta misión desde el principio, y los aceptamos como un mal necesario, abrazando nuestro destino en pro de la supervivencia de muchos otros. Porque cada día que le arrebatamos a La Muerte equivale a una victoria moral sobre el enemigo. 

Nuestro objetivo prioritario es la evacuación de la isla de Atolón, el último reducto humano que todavía resiste en este cuadrante. Sin embargo, un punto estratégico que sabíamos perdido de antemano. 

Aun así, debo confesar que la respuesta del adversario ha superado con creces nuestras expectativas. A juzgar por los datos que estamos recibiendo desde el estrato orbital, son cientos de ellos por cada uno de nosotros, mientras que los Lobos del Norte, mi pelotón, apenas sumamos medio centenar.

Pero la realidad es todavía peor. Los números son acerca de las crisálidas de descenso que penetran en la atmósfera, y en cada una de ellas viaja un número incierto de criaturas, por lo que el número real solo lo sabremos cuando lleguen. Cuando la nube de colisión arremeta contra la isla y comience la masacre.

Resulta estremecedor como su llegada eclipsa la luz del sol y oscurece el día sobre nosotros. Existe un elemento intimidatorio, un factor psicológico, en su forma de proceder. Pero no podemos dejarnos amedrentar. Tenemos que mantener nuestra línea de defensa para que los equipos de rescate puedan llevar a cabo su labor. Resistir hasta nuestro último aliento. 

Escucho los primeros fogonazos y, tras unos segundos, las explosiones encienden el cielo, que recuperar momentáneamente con la destrucción de algunas crisálidas.

Aun así, los daños infligidos resultan irrisorios. Llueven restos de vainas incandescentes, pero el enemigo continúa descendiendo hacia nosotros, movidos por el mismo sentimiento que nos mueve también a nosotros, el de evitar nuestra extinción. La diferencia reside en que, para ellos, el exterminio es su única razón de ser y existir.

Son también seres sintientes, con un intelecto estructurado como una mente colmena compuesta por una hueste innumerable que funciona como un único individuo. En ese sentido, son espantosos. En ese sentido, son temibles. Y, en todos los sentidos, son Kayashi. Procedentes de un lugar lejano, más allá del Velo de la Existencia, el limbo que separa las múltiples realidades que se alternan alrededor de nuestro universo conocido. 

El océano ruge con el oleaje violento de la tormenta que se cierne sobre nuestras cabezas. Resulta imposible que nos encontremos en el mismísimo zénit del verano. Un verano que morirá para siempre junto con el último de nosotros. 

Nos queda el consuelo de saber que, haga lo que haga el enemigo, no les quedará planeta que invadir y someter. Cuando la luz de la última ORCA se desvanezca, un dispositivo en el núcleo de cada titán se enlazará con el resto en una reacción en cadena que desintegrará todo el planeta. Nosotros moriremos, pero ellos también lo harán.

Entonces, empiezo a rezar una plegaria apenas murmurada a través de los sistemas de comunicación de mi unidad:

He aquí que veo 

a mi padre.

He aquí que veo 

a mi madre.

He aquí que veo 

a mis hermanos 

y a mis hermanas.

A la que se unen el resto de Lobos, activando sus comunicadores externos en un clamor atronador:

He aquí que veo

a todo mi linaje

desde el principio.

He aquí que los veo

a todos,

que me esperan

para que ocupe mi lugar

junto a ellos

en los Atriles del Valhalla.

Se produce un silencio enfático, que parece pactada con el océano, cuyo oleaje remite apenas un instante, tiempo suficiente, sin embargo, en el que los corazones de todos nosotros se unen en un único latido, justo antes de finalizar nuestra oración:

¡En dónde viven los Valientes para siempre!

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