Una mirada me rozó | Amparo Piñeirua
Soy bailarina de ballet profesional. Cuando tenía 20 años, el avión en que mis padres y hermano viajaban se desplomó, todos murieron, yo me fui a vivir con mis abuelos, que a los pocos años también murieron; a mis veintiocho estaba totalmente sola en la vida, sufrí tanto que me resistía a entablar cualquier tipo de relación.
Aunque estaba acostumbrada a esa soledad, sentía un vacío grande que no sabía cómo llenar. Me la pasaba viajando por el mundo dando conciertos con la compañía para la que trabajaba, mis colegas eran mi única familia.
Hace dos años me presentaba en el teatro municipal de São Paulo en Brasil. Yo solía salir a caminar al terminar la función para despejarme un poco antes de ir a dormir al hotel. En la calle vi que algo se movía debajo de una manta sucia, pensé que era una rata y seguí mi camino, al pasar unos ojitos color miel se asomaron saliendo de la manta.
Solo rozaron mi mirada, al ver que me detenía, rápidamente se escondió otra vez. Esa mirada me intrigó, no pedía nada, estaba asustada. Me acerqué y la destapé, ella me miró aterrada, esos ojos me provocaron una sensación de tristeza inmensa, me recordó la mía propia; al verla de cerca, se veía sucia, se le notaban los huesos, sus ojitos llenos de lagañas seguro tenían alguna infección.
Al quererla acariciar, hizo como que me mordería, no confiaba en mí, cuánto daño le habían causado. Me quedé ahí con ella, las lágrimas escurrían por mis mejillas, cómo se podía ser tan cruel con un ser vivo, abandonarlo de esa manera a su suerte.
Le hablé muy quedito, ella, hecha un ovillo, no se movía, solo me miraba con esos ojitos llenos de miedo y quizá se extrañaba de que yo me quedara junto a ella sin hacerle daño.
Al poco tiempo se desenrolló, puso su carita en mi pierna, sin dejarme de mirar y con cautela; en ese momento la cargué, la tapé con mi chamarra y busqué en el celular una veterinaria cerca.
Tuve que caminar alrededor de diez cuadras y esperar a que me atendieran. La veterinaria me dijo que estaba en muy malas condiciones, que quizá no sobreviviría. La habían golpeado, por lo que sus pulmones tenían agua, su piel con sarna y además estaba desnutrida.
Por favor,sálvela, yo pagaré por todo. Mi intención era rescatarla y dejarla en un refugio para que encontrara una familia que la adoptara, pues yo solo estaría quince días en Brasil.
Cada momento libre lo pasaba con ella en la veterinaria, y empezó a surgir esa luz que nunca en mi vida había tenido, un ser vivo de quien hacerme cargo y que me esperaba moviendo su cola.
Al llegar la hora de partir, ella se había recuperado milagrosamente rápido, sus males habían desaparecido y era una perrita feliz, podría haber sido adoptada por cualquier familia, era hermosa en todos los sentidos.
Me fui a despedir, ya no podía hacer nada por ella. Pero al llegar sentí que algo en mi interior se apagaba, volvería a mi vida sin sentido, sin nadie que me esperara ni acompañara. Ella parecía intuir que la dejaría atrás, puso su cabecita en mi rodilla como diciendo gracias, sé que te irás.
No pude dejarla, arreglé todos sus papeles y desde entonces viaja conmigo a donde voy, nunca más nos sentiremos solas.
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