Una casa con un pie | Ángela Castrillón
Llegas al salón. Hay, aproximadamente, veinte puestos y cinco artistas. Mientras eliges un lugar, miras disimuladamente las obras de los pintores: son maravillosas. ¡Qué colores! ¡Qué trazos! Se ven vivos los retratos, los paisajes. Uno de los pintores nota tu presencia y pregunta:
—¿Primera vez?
—Sí —aceptas tímidamente.
—Si quiere, hágase a mi lado, y yo le voy enseñando.
—Muchas gracias.
Acomodas el cojín en el suelo, te pones de espalda a la pared y, con los pies delante del cojín, te deslizas suavemente.
—Lo primero es aprender a sujetar el lápiz. Usted ya no tiene pies, sino garras; abra los dedos y empuñe el lápiz.
Tratas de abrir los dedos del pie derecho, y casi no se abren. El mayor espacio que logras es entre el pulgar y el índice. Acercas este espacio a los lápices, cierras y solo sujetas el viento. Tratas una y otra y otra vez, pero nada. Decides correr los lápices y dejar uno solo. Ubicas el pie sobre este, cierras el pulgar y el índice, levantas el lápiz, que solo dura un segundo en el aire. Continúas abriendo y cerrando la garra, levantando un poco la pierna. Al cabo de un rato, ya te duelen la espinilla y los dedos; sale un quejido de tu boca.
“Levántese y estire. Es importante hacerlo de vez en cuando”.
Sigues practicando el agarre del lápiz: ya se va volviendo más familiar y aguanta más tiempo en el aire.
“Perfecto. Ahora empiezan las planas”.
Tu maestro toma un lápiz y dibuja una línea recta, tan perfecta que parece hecha con regla.
“Es su turno”.
Tratas de hacer una línea recta, que para nada quedó recta; es más: ni se ve. Vuelves al extremo izquierdo de la hoja; una vez más deslizas el lápiz, pero la línea no se ve. Tocas con más fuerza; vuelves a intentarlo y se ve el trazo: no es recto, pero se ve. Haces mucha presión, y la punta del lápiz se rompe. Vas a tomar otro con punta.
“Alto, es momento de aprender a sacarle punta al lápiz. —Te señala el tajalápiz a la derecha—. Es eléctrico”.
Empiezas a tratar de meter el lápiz en el orificio del tajalápiz, y no lo logras; parece que el lápiz evita que lo despellejen. Vuela por aquí, por allá y, finalmente, entra. La máquina empieza a trabajar rápidamente; en un acto reflejo sacas el lápiz, para que no desaparezca.
Continúas con las líneas rectas, aunque dibujas todas, menos las rectas: onduladas, diagonales, en zigzag, etc.
“Esa última línea no es recta: hay que borrarla”.
Tomas el borrador; lo pasas de un lado a otro suavemente, por lo que, obviamente, no borra. Aumentas la fuerza y rompes la hoja. Pones el pie izquierdo firmemente en la hoja y deslizas el derecho sobre la línea con mayor presión; logras borrar. Sueltas el borrador y quitas los restos de este.
“Ahora, borre las demás líneas que no son rectas”.
Acabas el borrador pero, finalmente, aprendes a borrar. A lo último, ya casi lo haces con las yemas de tus dedos, que están calientes.
Después de días de práctica, llegan las rectas. Luego de haber completado un pliego con estas líneas, el maestro te pide hacer el otro tipo de líneas, así como las figuras geométricas, los números y las letras.
Con el pasar de los días, te duele tu garra; se empiezan a crear ampollas y se revientan. Te toca utilizar curas en ocasiones, lo cual dificulta el agarre, pero pronto la piel ya se acostumbra a este roce, y salen valiosos callos.
“Muy bien, es momento de dibujar una casa: ya domina los trazos básicos”.
¡Wow, una casa, qué proyecto! Líneas rectas por acá y otras curvas por allá. Rápidamente aparece la casa en la hoja.
“Ahora a darle color”.
Das vida a tu obra con colores. Notas la agilidad con que los lápices pasan por tus pies: la garra ha adquirido velocidad.
—Muy bien, ya quedó. Ahora fírmela; escriba su nombre y la fecha.
Te sientes feliz con tu trabajo; te sorprendes de lo que puedes lograr ahora. Lo vas a enmarcar y colgar en tu sala.
—¿Qué sigue?
—Manejar pinceles.
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