Un reloj propio | Verónica Sancho
1-El Kandinsky.
De la pared, frente a su escritorio, cuelga una imitación pueril del árbol de Kandinsky que hizo su hija hace diez o veinte vidas, cuando medían el tiempo en pinchazos.
«Papá ¿Cuántos pinchacitos faltan para mi cumpleaños?»
El árbol dibujado, de tallo negro, ramifica en circunferencias de colores vivos con el trazo impreciso, pero bello, de una niña. Cada día, le absorbe unos minutos y se deja llevar a esa vaga melancolía en la que está cómodo y se obliga a no olvidar.
Hubo muchos pinchacitos.
Pero no fueron suficientes.
Después, como un matrimonio muerto que aún camina, midieron el tiempo en plazos de hipoteca, en orgasmos semestrales, en esperar la llegada del viernes para el descanso y luego desear el lunes y la huida del hogar.
A ella dejaron de gustarle las fuentes de las rotondas, ya no leía a Espronceda y se pintaba las uñas olvidando tres o cuatro dedos.
Él compró un patinete eléctrico, inició un curso de paracaidismo y se arrancaba el pelo de vez en cuando.
Hasta que se dijeron adiós.
2-La albahaca.
Tras separarse, contrató una asistenta. Durante dos años apenas la miraba, pero de últimas empezaba a descubrir, por el rabillo del ojo, un rostro normalucho que siempre sonreía. Apartaba la vista desechando la idea de entablar cualquier tipo de relación que pudiese volver a decapitarle; pero se sorprendía a veces, sin darse cuenta, observándola al guisar, o teniendo una erección despiadada al compás de las caderas de la mujer cuando hacía la cama.
El día que un bote de albahaca cayó abierto en el guiso…
«—¿Qué has echado, está diferente? ¡Te has pasado de especias!
—Lo sé, han caído dentro mil kilos de albahaca…tampoco está tan mal, ¿no crees?, es como una delicia marroquí…—rieron.
—Si, necesitamos mejorar nuestra cultura gastronómica. ¿Cenamos fuera?»
…se sorprendió a sí mismo con ese: “¿Cenamos fuera?” que le sonó a voz ajena. Sin embargo, la soledad le dictó que se dejase llevar.
Tras esa cena, midieron el tiempo en encuentros de piel, en deseo, en jornadas en restaurantes exóticos; en planes de manos enlazadas, la de él algo rígida y, a veces, pequeñas pruebas de amor por parte de ella, que hacían que él se acorazara. Y en no separarse en el tiempo de ocio ni un solo minuto, porque ese sólo minuto a solas bastaba para que él empezase a arrepentirse de entrar en un terreno enlodado que juró no volver a pisar.
3.Una canción desesperada.
—Me encantaría tener un hijo ¿Qué te parece la idea? —anunció risueña dejando en la mesa el libro de Neruda que leía.
Él frenó el impulso de apretar los puños, pero sus pupilas se dilataron de forma irremediable, vomitó sobre el sofá y cuando ella terminó de limpiarlo y le tocó la frente preocupada por su estado, la echó de su casa.
1.El Kandinsky.
De la pared, frente a su escritorio, cuelga una imitación pueril del árbol de Kandinsky que hizo su hija hace diez o veinte vidas, y no necesita nada más.
Ahora, mide el tiempo en amantes de un día y en botellas de whisky.
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