Un nuevo amanecer

Diego Covarrubias

Mi madre es dipsómana. La palabra suena horrible, pero menos horrible que la palabra borracha. Ahora que leo la frase completa, la palabra “madre” tampoco corresponde. Es un término demasiado formal que oculta la verdadera naturaleza de mis sentimientos. 

          Lo cierto es que mamá toma para escapar de su tristeza, una tristeza tan profunda que, estando junto a ella, hasta el optimista mas vehemente corre el riesgo de caer en ella. Lo único que dignifica ese invierno eterno en el que vive es la bebida; ilumina la oscuridad de su mirada y suaviza la rigidez de la línea vertical que aprieta sus labios. Pero aún con el matiz del alcohol, la tristeza nunca la abandona, siempre está con ella, como si viviera recluida en un monasterio frío y húmedo, apenas iluminado con la trémula luz de unas velas rojas. Es una tristeza críptica y hermética: una tristeza de caja fuerte. Por eso, cuando ayer en la noche me pidió que me sentara junto a ella porque quería decirme algo muy importante, y vi en sus ojos el brillo de una luciérnaga recién nacida y su mirada se desplegó frente a mi como si fuera una alfombra roja dándome la bienvenida a una ceremonia de confesión, no dude en correr a su lado. Me pidió que le sirviera un whisky.

          “Tal ves debí decirte esto antes”, me dijo sin ningún preámbulo, “pero siempre tuve la esperanza de olvidarlo, o de que mi vejez matizara tus reproches y propiciara tu perdón. Pero es inútil, los recuerdos no envejecen y yo sí, y no quiero morir llevándome secretos a la tumba”.  

         Hizo una breve pausa para tomar aire y darle un trago a su bebida. “Tú tenías un hermano gemelo” me dijo, como quién avienta una piedra. “Desde que nacieron se parecían como dos gotas de agua del mismo estanque” continuó, “tanto, que, para distinguirlos, a uno le puse en la mano un cordón azul y al otro uno amarillo. Un día, casi de recién nacidos, los estaba bañando. Sonó el teléfono y fui a contestar. Era un teléfono de esos que se colgaban de una pared, que tenían un disco para marcar los números y que siempre tenían el cable enrollado. La llamada resultó ser un número equivocado. Aproveché el viaje para desenrollar el cable y servirme un vaso con agua. Cuando regresé a la bañera, el cuerpo de tu hermano flotaba junto al tuyo, con la cara sumergida y los brazos abiertos, como las alas de una mariposa. Fue imposible resucitarlo. Los cordones también flotaban, entrelazados como dos serpientes marinas en una feroz batalla. A tu padre se le metió en la cabeza que yo mentía; que el supuesto vaso con agua que me serví olía más a vodka que a agua. Un día nos abandonó, incapaz de vivir tan cerca de su dolor y de mi culpa. Desde entonces hemos sido tú y yo. Solo tú y yo, y nunca he sabido si eres mi hijo que tenía en la mano el cordón azul, o mi hijo que tenía en la mano el cordón amarillo”.

            Cuando terminó de hablar, mi madre lloraba con todos los grifos de su alma abiertos; pero era un llanto diferente, un llanto que no se tropezaba con sollozos, un llanto más parecido a un río que a una tormenta. La abracé y sentí que ese caudal de lágrimas se llevaba su tristeza, y debajo de ese deslave facial, dos ojos nuevos amanecían arriba de sus mejillas, iluminando como soles enormes el final de una noche eterna.