Su ventana al mundo | Ana Efigenia
Rompe la cáscara de un huevo, chocándola contra el canto de una sartén y deja caer la sustancia del interior sobre la encimera. El aceite humea. Observa, presa de una borrachera perturbadora, cómo el elemento viscoso resbala y cae al suelo lentamente. La yema explota. Salpica. Deja caer la cáscara. Busca una salida.
La puerta principal de su vivienda está cerca de la cocina, ha escapado por ella. Respira de forma entrecortada. Se encuentra al aire libre, en el porche delantero, donde un día construyó su pequeño rincón del pánico. Se mantiene encorvada hacía delante; sus manos sujetan sus rodillas, que bailan al son de la respiración. Tiene la boca abierta y muerde el aire. Ansía que sus pulmones se llenen tanto que le duela el torso. Se incorpora y alza las manos hacia arriba. Acaba de recordar los consejos de las reuniones a las que asiste. Abre los brazos en cruz, intentando respirar de forma pausada y larga. No funciona, sigue mordiendo el aire.
Después de muchas bocanadas agónicas, tras haberse dado cuenta de que no se muere de un infarto, de un ictus, de una angina de pecho, de un aneurisma, o de cualquier cosa que se la haya pasado por la cabeza en apenas unos minutos, mira al frente y se da cuenta de que sigue ebria, aunque nunca toma una gota de alcohol.
«¿Qué te pasa? ¿¡Ya estás otra vez!? ¿Te has tomado las pastillas?», dice una voz turbia y lejana. Mamen cierra los ojos y sigue intentando salir del agujero negro que la engulle. Abre la puerta de la cancela y sale a la calle. Mira a ambos lados y decide dirigirse a la izquierda: no hay nadie. Camina sin percatarse de las miradas que despierta: sí que había gente. Varios vecinos que se cruzan con ella la saludan, pero no obtienen respuesta. Les extraña verla con el delantal puesto y con un gorro de plástico cubriendo su cabello. Normalmente, es una mujer muy cuidadosa con su aspecto. También se extrañan de su ritmo metódico y de su mirada de pavor. Mamen busca un camino, quiere llegar a la vía pecuaria. No hay nada enfrente; lo ve todo borroso. No hay cielo, no hay suelo, no hay nada; todo es una mancha blanquecina y refulgente que la ciega por completo. Colapsa. Se sienta de golpe. Le llega un aroma agradable. Aspira hondo. No lo sabe, pero descansa sobre las raíces del árbol que tanto le gusta. Está repleto de flores rosáceas y blancas que dejan sobre su cuerpo una lluvia de diminutas simientes. La cubren. Danzan a su alrededor y se posan en su piel, lo que le ocasiona un incipiente despertar.
*
Hoy huye de nuevo. Pero hoy se ha puesto un sombrero rojo y ha hecho la maleta. No puede meter en ella lo único que se llevaría de esa casa: su rincón del pánico. Mira hacia atrás varias veces, como si no tuviera en la retina esa imagen grabada. No llora. Se envalentona al poner el primer pie en la calle, y camina sin saber dónde se dirige. Teme que le entre pánico y no pueda continuar. Sigue avanzando.
Se despierta, se sienta sobre la cama y mira cómo el cuerpo somnoliento de su marido se estira. Lo observa. «¿Qué te pasa? ¿Ya estás otra vez? ¿Te has tomado las pastillas?», espeta su marido con voz ronca.
Se levanta, busca la maleta en el altillo del armario. Encuentra su sombrero rojo.
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