Sin salida | Cristina Solana
El edificio que Natalia tenía delante no era muy grande. Era la biblioteca municipal que frecuentaba habitualmente, cercana a su casa, donde podría encontrar los libros que necesitaba para realizar su trabajo de historia. Pero, cuando cruzó la puerta, supo que algo no estaba bien…
Las estanterías se extendían más allá de lo que su vista alcanzaba, creando pasillos que se entrelazaban cual laberinto. Hileras interminables de libros cubrían las altísimas paredes. No había nadie en el mostrador ni en las mesas de lectura. La tenue iluminación le daba al lugar un aspecto tétrico. “¿Hola?”, llamó, pero su voz se perdió sin obtener respuesta.
Decidió explorar. Caminó entre los pasillos, observando los libros polvorientos con títulos extraños, otros en idiomas que no reconocía y algunos que parecían escritos a mano, como diarios personales. Al llegar a una de las mesas, vio un libro abierto. Se inclinó y leyó la primera línea:
«Natalia cruzó la puerta de la biblioteca y supo que algo no estaba bien.»
Pasó las páginas con manos temblorosas. Todo lo que había hecho desde que había entrado en la biblioteca estaba registrado en el texto: su llamada al vacío, su paseo entre los pasillos, el momento en que había leído la primera línea de ese mismo libro.
Entonces, leyó la última línea escrita:
«Alzó la vista y vio a alguien observándola desde el final del pasillo.»
Instintivamente levantó la vista, con el corazón casi paralizado; al fondo del pasillo, vio una figura alta y delgada, que la observaba desde detrás de una estantería. Se veía borrosa; no podía distinguir su rostro, pero sintió su intensa mirada.
Cerró de golpe el libro y empezó a correr por los pasillos. Giró a la derecha, después a la izquierda, intentando encontrar la salida. Pero volvía una y otra vez al mismo lugar. Los carteles de salida la llevaban de vuelta a la mesa donde estaba el libro. Finalmente, vio la puerta por donde había entrado. Corrió hacia allí, la empujó con fuerza y salió…
… para encontrarse de nuevo en la biblioteca. El libro seguía abierto en la mesa, con una nueva línea al final de la historia:
«Natalia corrió hacia la salida, pero al cruzarla, la biblioteca la recibió de nuevo.» El pánico la invadió.
―¡Déjenme salir! ―gritó, mientras intentaba buscar de nuevo la salida.
Escuchó un susurro en el aire:
―Sigue leyendo.
Sus manos temblaban, y su respiración era entrecortada; pasó otra página. Ahora, el libro describía algo que no había sucedido:
«Desesperada, Natalia siguió leyendo, sin darse cuenta de que una sombra se acercaba por detrás.»
Un escalofrío recorrió su espalda, justo cuando sintió una presencia detrás de ella. No quería girarse, pero la historia decía que lo haría. Y lo hizo. Los libros cayeron de los estantes, y la luz se extinguió. El silencio era sepulcral. La biblioteca la recibió en un abrazo infinito.
Al día siguiente, un nuevo libro apareció en la mesa… esperando al próximo lector.
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