Restauración

Gilberto Naranjo

–¡Ojalá que ese encargo no lo hubiera aceptado nunca! –Afirmó Antonio con los codos apoyados en la mesa. Tenía las manos encima de la nuca, con los dedos entrelazados. Las puntas de cada uno jugaban a rozar su corta cabellera.

            Siempre se ponía en esa postura cuando la presión de las circunstancias lo superaba. Era algo que hacía sin querer, para aflojar la mente.

            Enfrente de él, se encontraba don Jacinto con la cara blanca de pavor. Antonio giró el cuello y abrió los ojos de par en par, para mirar a José María; su jefe de taller, que se encontraba a su izquierda.

 

 

            El trabajo había sido impecable desde el momento que aceptaron el encargo del obispado. Primero, había que convencer al párroco para descender la figura del altar mayor.

            Todo el pueblo adoraba al “cristo morenito” porque se sentían identificados con él. Era el único consuelo que tenían para ahogar su pena; la versión criolla de su devoción. Nadie se paraba a pensar en esto; pero esta gente se desahogaba venerando a esta imagen tan diferente a lo habitual.

            Don Jacinto exaltaba, en el sermón dominical, la bondad de su Dios; «que todo lo ve, que está en todos, que nos ampara y protege»

            –¡Dios aprieta, pero no ahoga! Su sabiduría y su bondad son infinitas y sabrá recompensar, en el reino de los cielos, a los de corazón sencillo, –aclamaba inspirado.

 

 

            La discusión en la sacristía fue sonora, José María tuvo que cerrar las puertas y ventanas para atenuar las palabrotas de don Jacinto.

            –¿Cómo pretende bajar a nuestro Cristo? ¡No lo pienso consentir!

            –Es una talla que tiene varios siglos, –respondió Antonio. –Una joya de la imaginería sevillana. Una obra preciosa y delicada. Requiere un trabajo minucioso. No puedo comprometerme a restaurarla, con un mínimo de garantía, dentro de su iglesia. La delicadeza del encargo requiere llevarla a mi taller. El obispo ha dado la autorización para ello. Entiendo que su altar no puede quedarse vacío y hemos previsto cubrir, con una gran cortina, todo el espacio. Me atrevería a anticipar que, en un plazo de cinco semanas, su talla estará de vuelta.

            Don Jacinto estaba desolado, pero no tuvo más remedio. En la homilía siguiente, justificó la ausencia con la parábola de la oveja perdida.

            Los humildes jornaleros no tenían tiempo, ni criterio para dudar. En esa época, pasaban el día en los trigales, de sol a sol. Ellos; cegando, ellas; amontonando para la era.

 

 

            Cuando empezaron a limpiar el cuerpo del crucificado descubrieron que, debajo de la capa de mugre, aparecían los colores de la pintura original. La imagen había sido expuesta durante siglos al humo de las velas, la luz solar y los cambios de humedad y temperatura.

            Antonio se emocionó al rescatar la preciosa policromía de la pieza; paso a paso, fue desvelando su verdadero valor artístico. Le indicó a José María que él mismo acabaría el trabajo, en un intento de recuperar el original. Sin duda, una de las mejores representaciones de la escuela sevillana.

Se concluyó antes de lo previsto porque Antonio se pasó las noches enteras encerrado en el taller, obsesionado con respetar la esencia de esa obra de arte.

Aquel domingo se festejaba el día más largo del año. Las noches eran cortas y cálidas, y el astro rey bendecía la cosecha. Estaban congregados en ambiente de celebración, cuando don Jacinto indicó que cayera el telar, para descubrir al Cristo resucitado, aunque no era Semana Santa…

Un grito de terror invadió el templo, rechazaban al nuevo porque era blanco. Se sintieron defraudados afirmando que no era el suyo.

–¿Quién es el responsable de tal engaño? –Gritó alguien enfurecido.

Todos lo sabían, era aquel hechicero que había venido al pueblo con su grupo de indeseables.

Don Jacinto corrió a su casa para advertirle de lo ocurrido. Antonio no se había dado cuenta de su error hasta este momento. Levantó la cabeza y despegó los codos de la mesa cuando oyó a las hordas de supersticiosos que se acercaban alzando antorchas de venganza:

 

–¡Ojalá que ese encargo no lo hubiera aceptado nunca!