Promesas volátiles | Ana Efigenia
Parecen de cristal, aparentan ser tan frágiles que me da miedo tocarlas. Cuando alguna roza mi piel, se desmenuza en minúsculos diamantes líquidos. Entonces, me estremezco. Me gusta soplarlas; siento una gran emoción al verlas volitar según lo que les susurra el aire. Algunas explotan a causa de contener excesiva emoción y rocían un olor dulce. Me gusta que se posen en mi rostro y que me refresquen la tez.
La veo: está danzando en círculos con los brazos extendidos y las palmas hacía arriba. Cabriolea de vez en cuando a la pata coja, alternando las piernas y, después, brinca dos o tres veces seguidas, con ambos pies al mismo tiempo. Quiere atraparlas, pero se le escapan entre los dedos. A su alrededor, parecen más fugaces. Algunas se suicidan contra su cuerpo; otras más débiles, estallan antes de alcanzarla; y las más fuertes, logran cohabitar con su ser unos segundos antes de transformarse en diminutas lágrimas volátiles.
Se oye el trinar de los pájaros, también, el combate entre el viento y las ramas. Hace un tiempo templado. La escucho respirar algo fatigada, quizás sea por las clases de zapateos gratuitas que les imparte a las pompas. Logra una armoniosa melodía con sus risas y cánticos. Me abruma su presencia y se me eriza la piel con solo apreciarla. Anhelo su cercanía eternamente.
—Hola, mami. —Valle se acerca hasta mí y me besa en la frente. Me mira durante unos segundos mágicos en los que puedo volver a ver sus iris verdes. Nunca me canso de admirar sus ojos.
—Hola, mi amor —contesto. Se me ha quedado la voz atorada en la garganta y creo que no se me ha oído —. Hola, mi amor —vuelvo a repetir con el tono de voz algo más elevado.
—Hoy estoy muy contenta. Acabo de descubrir el árbol dónde se esconde la ardilla. La he perseguido un rato, pero es más rápida que yo y no me ha dejado tocarla. No me importa, ¡por fin he podido ver dónde vive! —Sonrió y acaricio su carita. Entiendo que pronto dejarán de atraerle las ardillas y las pompas de jabón que tantos momentos nos han brindado.
—¿Es bonita su casa? —Intento llamar su atención tras ver que gira la cabeza en una dirección distinta a la que me encuentro—. Tesoro, ¡¿has podido ver si ha construido su casa muy alto?! —Insisto a pesar de haber perdido su interés.
Llueven poemas encima de mí. Valle ha salido corriendo y ha regresado minutos más tarde cargada de recortes de colores. Los ha escrito en casa y los ha guardado en su bolso de ganchillo blanco (el que tejimos juntas). Ahora se sube encima de dónde me encuentro y los libera a su suerte. Imagino que llegan lejos, que recorren kilómetros y kilómetros y que alientan las emociones de quién se los encuentra. Una sonrisa, una mueca, un llanto, un sentimiento… eso es lo que realmente importa, que arranque sentimientos. Como las pompas. Dentro de ellas está nuestro tiempo; aunque limitado, efímero y demasiado fugaz, retienen nuestros momentos.
—Adiós, mami, que duermas bonito. —Me vuelve a besar en la frente y sale corriendo. La pierdo de vista.
—¡Adiós, mi amor!¡Tú también! ¡Que tengas dulces sueños! —grito.
Entonces me despierto y tras unos segundos de pasmo me doy cuenta de que floto dentro de una enorme pompa. Huele a vainilla, como Valle. La visualizo a lo lejos. Está tendida sobre un lecho de flores de tonos suaves, permanece con los ojos cerrados y las manos entrelazadas encima de su vientre. ¡Parece que está muerta! ¡Noooooooo! Golpeo las paredes de jabón que tiemblan y se doblegan ante mis puñetazos pero que no se rompen. Salto con ambos pies juntos para ejercer más fuerza y reventar la dichosa pompa. ¡Quiero salir de aquí!
—¿Por qué lloras, cariño?
—Se me han acabado las pompas, papi.
—Por eso no se llora, Valle. Podemos hacer más jabón cuando lleguemos a casa.
—Ya, papi, pero hasta que lleguemos a casa mamá estará muerta. Ella me dijo que estaría siempre dentro de mis pompas.
—Cariño… mamá está muerta, ya lo sabes…
—Sí, lo sé, pero mientras siga haciendo pompas de jabón, ella podrá soñar conmigo, y yo podré soñar con ella.
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