Por unas gotas | Iñaki Rangil
En el desempeño de mis funciones desarrollo una labor tediosa para la mayoría. En mi, más bien ha sido una gran liberación. No saben hasta qué punto. Fue un acierto cuando me reciclé y me hice técnico de laboratorio. Se da la circunstancia de que casi estoy más contento en el trabajo, que durante mi esparcimiento de ocio. Incluso me agrada si alguno me pide el favor de hacerle su turno. Solo hay una excepción, mi turno es el de noche, siempre tras el ocaso. Así quiero que siga. No acepto ninguno de los turnos de día. Es la costumbre, llevo demasiados años haciendo vida nocturna. Nunca podría adaptarme al trabajo una vez que el sol ha hecho su aparición.
Este trabajo me dio la vida, estaba un poco harto de hacer cosas desagradables para subsistir. Aunque, en los últimos tiempos se ha presentado un inconveniente. Tengo una nueva supervisora un poco hueso, no sabe nada de mí, aunque eso es lo habitual, todo el mundo lo ignora en el presente, no ha transcendido, por suerte. No es que sea poco sociable, todo lo contrario. Sin embargo, hay cosas que todos preferimos eludir. El escollo en cuestión es que la susodicha nos fiscaliza demasiado, lo tiene todo bien contabilizado y debemos dar cien mil explicaciones si algún número no cuadra. Lo mismo da, sea material fungible o no. Ninguna de las anteriores ha dado tanta importancia a esos números. Para más inri, conmigo, es imposible que lleguen a cuadrar la mayoría de las veces.
Y total, porque falte alguna que otra bolsita de vez en cuando, ¿qué va a pasar? Pues ni por esas, Rita, así se llama la estricta jefa, hace balance diario de cada material que se sirve. O se justifica, o no sale. Parece vivir a gusto embroncada todo el día. Conmigo va teniendo unas cuantas. Le he explicado que, en ocasiones, las bolsas se rompen al caer derramándose la sangre. Resultado, una menos para las cuentas del banco de sangre. Debo confesar que, a mí, en concreto, no se me ha caído nunca ninguna. Las derramo yo. Su contenido me lo llevo puesto. Por eso he prescindido de los asaltos a víctimas propiciatorias a diestro y siniestro por ahí. Me hago llamar Drake, aunque desde siempre me han llamado Drácula. En la coyuntura actual, esta nueva vida me ha transformado, he dejado atrás la anterior y mi deseo es continuar igual.
Con tal fin, varias veces he pretendido que Rita se relaje, la he invitado a tomar algo en mis noches libres. Para mi sorpresa, ha aceptado todas las ocasiones. Debo añadir que no es la misma persona, se desenvuelve muy bien en ese ambiente desenfadado. No sé si debería revelar nuestro secreto. Casi todas esas oportunidades han concluido igual, solo se modifica el lugar, o su casa o la mía, pero siempre en la cama. En ella se desinhibe con plenitud. El espejo y su reflejo en solitario son testigos mudos. Casi me supera en energía, pese a mi condición de no muerto con poderes extraordinarios.
El gran problema es no transferirlo al entorno laboral, ni hablamos de ceder con conocimiento de causa. En ese ámbito es innegociable su actitud. Todo ello me está marcando. Me influye, por la tensión que se destila entre los compañeros. En uno de nuestros encuentros, le he sugerido de forma muy diáfana la necesidad de que se extienda el buen rollete al curro.
—Drake, estos desahogos los necesito porque me presiono demasiado en mi puesto, espero que todo sea perfecto, mi reputación va en ello —es su respuesta.
~ 1 ~
Iñaki Rangil — POR UNAS GOTAS — RETO 270-FANFIC
—Yo me he adaptado, antes cobraba presas. Ahora, simplemente convivo en paz. Me surto de una forma más cómoda —confieso, aunque no lo entienda.
—Es un compromiso adquirido debido a las grandes pérdidas de mis predecesores — completa la aclaración.
—Mírame a mí, todavía siento el impulso a veces, es como una impronta. Sin embargo, me he amoldado.
Viendo la dificultad para que cambie de opinión, con probabilidad haré una única excepción regresando a los orígenes. Aunque está tierna, lo sé, afilaré los colmillos. Más que nada, porque no soy un salvaje, no quiero hacerla sufrir.
Últimos relatos







