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Peones | Roberto Vega

Peones | Roberto Vega

Los vio por casualidad. El olor a óxido todavía se mezclaba con el eco de las bombas caídas la noche anterior. Sabía que fuera de su escondite era un blanco fácil para los francotiradores, pero no podía dejar pasar la oportunidad.

Tierra seca se desprendió de los codos de su camisa cuando se incorporó. Le dolía la cadera de estar tanto tiempo tumbado, de lado, tras un bloque de hormigón amputado por los impactos de los proyectiles. Sintió el balanceo de la cámara en su pecho al tiempo que la correa se clavaba en su nuca, la amarró con firmeza, y corrió con precaución para intentar no asustarlos.

La mujer sostenía un bebé en brazos ayudada por una tela que llevaba enrollada al pecho. Al verlo, se detuvo; tenía una garrafa como las que usaban para recoger agua entre los pies. Cuando él llegó a su altura, le hizo una señal, pero ella negó y se apartó ligeramente. El hombre bajó el objetivo y levantó el brazo con la palma abierta. Trató de hablar en el idioma que había escuchado durante los últimos tres meses —el tiempo que llevaba en aquel destino—, y del que apenas sabía algunas palabras, pero ella parecía no entender.

Se escuchó una explosión a poca distancia. La mujer sujetó al bebé con una mano y amarró la garrafa con la otra. Miraba hacia los lados, parecía nerviosa. Aunque tenía miedo, no podía dejar que se marcharan, necesitaba aquella instantánea.

Abrió su mano, le temblaba, asió a la mujer del brazo y compuso una mueca de súplica en dirección a la cámara. Ella lo miró. Tensa. Incapaz de aguantar su mirada, la soltó resignado. Pasados unos instantes, ella asintió, se irguió ligeramente y se dejó fotografiar.

Bajó la cámara y sintió un vacío profundo. Sin saber el motivo, sacó un billete de su bolsillo (no tenía más), se lo entregó y salió corriendo.

 

 

Sabía que aquello era muy peligroso, pero no tenía otra alternativa: sola, con cuatro bocas a las que alimentar y después de una semana a base de mendrugos de pan duro, no podía dejar que se nos acabara el agua. Una vecina me había hablado de aquella ruta. «La más segura: es donde están los periodistas internacionales —me había dicho—. Al final de la calle habrá un camión cisterna. Allí podrás conseguir agua».

Vi su figura acercarse y mi cuerpo se paralizó. Era alto, rubio, con el pelo desaliñado y la ropa manchada de la capa blanca que lo cubría todo. A pesar de la cámara que el hombre llevaba entre las manos, me invadió un deseo primitivo de huir, desaparecer de su radio de acción, de su mirada de nervios y de duda. Sin embargo, no hice nada, solo negué nerviosa con la cabeza cuando él me pidió una foto. Una foto… qué importaba una foto cuando más abajo, a mis pies, la garrafa continuaba vacía, y tres de mis hijos permanecían ocultos en un hueco excavado tras toneladas de escombro gris.

Tomó mi brazo. Un escalofrío seccionó mi pecho. Noté cómo aferraba el cuerpo de mi bebé algo más fuerte de lo normal. Nos miramos —miradas de miedo y súplica—, y me soltó. Entonces, comprendí. Allí, entre edificios destruidos por la barbarie, vulnerables, bajo la mirilla de nuestro destino, me pregunté cuántos mundos había entre aquel hombre y nosotros.

Y, desde esa distancia, asentí, me erguí ligeramente y dejé que nos fotografiara. Después, él sacó un billete, me lo entregó con una sonrisa, como si aquello sirviera para algo, y salió corriendo.

Lo vi alejarse por la calle con el tacto del billete entre mis dedos mientras un odio denso se amasaba en la base de mi garganta. Lo odié por lo que acababa de hacer. Me odié por aceptar aquel trozo de papel con el que no podía alimentar a mis hijos. Odié aquella maldita guerra.

Se oyó un impacto seco. Mientras me giraba con la garrafa, dispuesta a salir huyendo, vi cómo su cuerpo se desplomaba. Trozos de cámara quedaron diseminados entre los guijarros. Su cuerpo era ahora como un maniquí inerte, teñido de blanco, cuyas extremidades sobresalían deformes sobre una mancha de color escarlata.

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