Olores memorables | Graciela Figueroa
La noche había caído sobre la ciudad y el aire estaba impregnado del aroma a lirios y gardenias que emanaba de los jardines aledaños. La calle estaba desierta, excepto por la figura de una mujer que caminaba sola, con la cabeza baja y los ojos semi cerrados, como si estuviera inhalando el perfume de la noche.
De pronto, escuchó una voz estridente que gritaba a los cuatro vientos: ¡Josefina, Josefina!
Ella despertó de su letargo y reconoció la figura de Madeline, amiga de la infancia.
—¿Qué haces por aquí a esta hora?
—Voy a mi casa.
—Pero, ¿por qué traes esa cara?
—No sé. Son de esos días que nada te sale bien, ni las mentiras, y lo único que te importa y deseas es sobrevivir.
—¿Te puedo acompañar a tu casa?
—Como gustes.
En eso, al pasar delante de una panadería, el olor a pan y azúcar la envolvió transportándola a su niñez. Su rostro se iluminó al recordar las mañanas de domingo en que su abuela la llevaba a comprar pan recién horneado, y cómo el aroma la hacía sentir segura y amada.
Siguieron caminando y el olor a pan fresco que había llenado el aire dio paso a algo más intenso y seductor: el aroma a chocolate caliente que emanaba de una acogedora cafetería, enviándola a un mundo de tranquilidad y placer. Escuchó las voces alegres de los niños que parecían disfrutar de un momento mágico, y se sintió atraída por el calor que emanaba de sus risas. Era como si la hoguera de una chimenea familiar hubiera sido encendida en su corazón.
Pero fue al girar una esquina que se encontró con el olor más intenso y evocador de todos: el aroma a limón y hierbas frescas que salía de un pequeño puesto de flores. Josefina se detuvo cerrando los ojos y permitiendo que el olor la sedujera.
—¿Te acuerdas Madeline del jardín de mi casa? —cómo nos divertíamos subiendo al limonero y cortando cuanto limón encontrábamos.
—Y qué me dices de las flores de lavanda y hierbas aromáticas que tenía tu mamá en pequeñas macetas, parecían soldaditos formadas una tras otra, esperando ser llamadas al frente.
—Qué tiempos aquellos donde todo era juego e ilusión. Jugábamos y reíamos como si nunca fuéramos a crecer y tener problemas.
El olor a limón la transportó a un verano distante, donde el sol brillaba con intensidad y el calor parecía vibrar en el aire. Su madre, con manos amorosas y una sonrisa cálida, exprimía los limones frescos en una jarra de vidrio, creando una limonada que era más que una bebida, un refugio del calor y un abrazo de amor.
Aquel aroma cítrico y fresco se convirtió en un puente entre el pasado y el presente, permitiéndole cruzar el umbral de los recuerdos olvidados y revivir momentos felices que habían quedado suspendidos en el tiempo. La memoria estimulada por el olor, se desplegó como un tapiz de imágenes y sensaciones.
En ese instante, una parte de ella que había permanecido dormida durante mucho tiempo, despertó como si el aroma a limón hubiera sido la llave que liberaba los recuerdos y las emociones. La nostalgia y el amor se mezclaron en su corazón, y Josefina se sintió renovada, como si hubiera encontrado una parte de sí misma que creía perdida. El olor a limón se convirtió en un lazo que la unía a su pasado, y en un recordatorio de la belleza y la simplicidad de los momentos felices.
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