Nunca pregunté | Nataly A. Zerpa
Ese día, abrí los ojos y decidí sentirme agradecida. Había logrado tener todo lo que mandaba el deber ser: juventud, salud, dos títulos colgados en la pared de un apartamento donde vivía sola, sin deberle explicaciones a nadie, y un salario que superaba con creces el de cualquiera en mi familia. Todo en orden y según lo previsto. Metas cumplidas, y ni una sola cana en la cabeza que pudiera acusarme de haber llegado tarde.
Creyendo que el mundo funcionaba con la lógica de las buenas acciones, quise sentirme bondadosa compartiendo algo de mi privilegio. Vi el anuncio de la colecta de juguetes en la oficina. Me pareció justo devolverle algo al mundo, que tan bien me había tratado.
Y ahí estaba yo, desviando mi ruta con la seriedad de quien está por cambiar el mundo, rumbo a una juguetería. Llené el carrito con lo que imaginé que podría gustarle a un niño genérico: trencitos, libros, peluches, muñecas, bloques, sonajeros. No escatimé gastos. Escogí todo con la convicción de alguien que cree que está haciendo lo correcto.
Volví a casa satisfecha. Ya no solo era inteligente y hermosa: ahora también era notoriamente generosa. El mundo, definitivamente, necesitaba más personas como yo.
Los juguetes quedaron en el maletero. Iba a bajarlos al día siguiente, pero se me hizo tarde. Luego se me olvidó. Luego otra cosa. Cuando por fin me digné a entregarlos, la colecta había terminado. Una rendición anticipada ante mi propia negligencia. Pensé en devolverlos, pero no pude. El carro olía a culpa… a una mezcla extraña de celofán brillante y a remordimiento en forma de muñecos.
Mi fase benevolente se había evaporado por completo. Con un fastidio que me pesaba en el alma, manejé hasta el Hospital de Niños, solo para acabar de una vez por todas con ese asunto. Culpé a mi ciclo menstrual, que en algún momento había decidido que era buena idea llenar el carro de juguetes como si fuera el trineo de San Nicolás.
El hospital, frío, iluminado y tristemente adornado con dibujos felices que no alegraban a nadie, solo le daban un aire más desolado aún. Me indicaron que dejara los juguetes en la recepción del segundo piso.
Al salir del ascensor con las manos cargadas de paquetes, me vi rodeada de respiradores, cables, llantos apagados y silencios largos. Había muchos niños. Muchos pasillos. Pero él me vio, y algo en mí se rompió.
Éramos dos desconocidos cuyas soledades se habían reconocido primero. La suya no hablaba. La mía no sabía que existía hasta que él la miró. Fue una herida que se abrió en silencio, como si el dolor se hubiera cansado de buscar y finalmente encontrara dónde quedarse.
Pregunté si podía quedarme un rato. Me dijeron que sí.
Me senté a su lado. Le leí un libro; tarareé torpemente canciones de cuna que habían quedado guardadas durante años en un rincón olvidado de mi memoria. No sé si entendía, si escuchaba. Pero no me moví. Me quedé, y seguí volviendo.
Me sentaba junto a él; le hablaba en voz baja. A veces, simplemente, lo miraba respirar, tratando de captar cada pequeño movimiento. Estaba tan cansado que en ese momento sentí un impulso casi físico de sostenerlo, aunque fuera solo con la mirada, como si pudiera aliviar algo con eso.
Nunca supe su nombre. No me sentí preparada para cargar el peso de conocer su historia.
Jamás vi a sus padres, pero su ausencia hablaba de una batalla diaria contra el tiempo y contra el dinero.
Yo también corría contra el reloj, pero seguía encontrando la forma de volver. Había en mí una necesidad profunda de acompañarlo en silencio. Al estar con él, también me estaba salvando a mí misma.
Y un día llegué y no lo encontré.
Nunca pregunté.
Solo me fui con el mundo derrumbado, con el vacío de quien pierde una parte de sí mismo.
No sé por qué nos escogimos, pero su mirada me dejó desnuda. Vi en esta lo que siempre había temido sentir: vulnerabilidad, fragilidad, y ese miedo sordo de estar ausente.
Fue como si nos hubiéramos estado esperando sin saberlo.
Y, después de esa mirada, nada volvió a ser igual.
Quedé abierta para siempre.
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