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Nuestro verano | Sandy Manrique

Nuestro verano | Sandy Manrique

Todavía no me lo puedo creer. No puedo creer que tú, papá, hayas muerto a los 35 años. Que estuvieras tendido en el suelo de tu estudio cuando entré. Que yo haya intentando hacerte cosquillas y hasta me carcajeara al pensar que fingías inmovilidad.  Que, tras entender lo sucedido, me quedara a tu lado hasta que. los vecinos, extrañados de no verte salir, vinieron a tocar a tu  puerta.

 

El día que fue a dejarme,  mi madre te recordó que me quedaba contigo porque debido a motivos laborales no tenía otra opción.  Vi tu barbilla clavada en el pecho, papá, cómo aguantabas los embates generados por la torrencial voz de mi madre. Yo hacía mucho me había bloqueado para no escucharla. Caminé hacia ti,  te tomé de la mano,  dije adiós a madre con una sonrisa que en ese momento no creí que se mereciera.

 

Esa primera tarde en tu casa fue maravillosa. Me enseñaste fotografías de cuando eras niño.  Usabas overoles de cuadritos rojos y azules. Me hiciste notar tus hoyuelos en las mejillas, los marcaste con talco, luego marcaste los míos. Preparaste pollo asado y me diste helado de vainilla. Mi madre nunca me dejaba comer azúcar, decía que era malo para el cerebro.

 

Los siguientes días me llevaste al parque en la tarde. No hablabas mucho. Yo te preguntaba el origen de cada uno de los sonidos que oía. Tú te sabías los nombres de cada uno de los pájaros, de los animales que rodeaban la zona.

 

Una vez llevaste un disco volador que podía despegarse  su base y volar varios metros.  Con él nos divertimos tardes enteras. Reconocí mis ojos en los tuyos. Tus pupilas volaban al espacio en el que se posaba el platillo. Allá iba yo, reposando, buscando un lugar donde aterrizar. Luego de ir a buscarlo varias veces yo me acostaba en la banca roja del parque.  Tú te sentabas a mi lado y a veces prendías un cigarro.

 

Cerca del final de nuestras vacaciones me había dado cuenta que no siempre eras el papá divertido que pensé que eras. Te ponías triste, a veces demasiado. Entonces bebías mucho y llorabas. Llorabas mirando fotografías que no me dejabas ver. Y cuando me acercaba, me decías que no me olvidara que yo era lo mejor que te había pasado.

 

Aprendí a acercarme cuando tu humor era estable, cuando no ibas a decirme que te dejara en paz, que buscara algo que hacer. Un  olor a loción y tu barba rasurada me  indicaba que era tiempo para estar contigo, en esos momentos de ti solo recibía muestras de afecto, te preguntaba  si podíamos ver  una película,  salir  a caminar o a comprar un helado. 

 

El día que me dejaste yo  estaba de lo más tranquila. Hacía un dibujo que pensaba regalarte. Ahí aparecías con la hélice que usábamos para jugar.   Creo que a veces los hijos entendemos cómo tenemos que tratar a nuestros padres, más si casi acabamos de conocerlos y tenemos el deseo de saber más sobre ellos.

 

Lo que te pasó  no quedó claro.  Quizá ese día bebiste de más, quizá te excediste de las pastillas que te hacían sentir mejor . La policía me pregunto por qué fui incapaz de  pedir ayuda.  Ni yo lo sé. Como si hubiera sido normal, me quedé desenredando tu cabello ensortijado con mis dedos. Quizá solo quería pasar más tiempo contigo, estábamos juntos al fin, después de tantos intentos para que mi madre me dejara ir a tu casa de campo.

 

Como es usual, las investigaciones no generaron resultados convincentes. Yo aún conservo  el dibujo a lápiz que esbocé de ti esa noche, la última vez que te vi, antes de que te llevaran.

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