No soy tonto

JL Rivas

Me llaman tonto. Mi madre grita, mi padre despotrica. Mi hermano no: es el más inteligente de la familia, porque estudia. Pero tiene menos gracia que un espantapájaros.  Siempre, después de la cena, salgo a fumar. Lo tengo pensado: esta noche no volveré. Esta noche  duermo en la cuadra. No aguanto un solo grito más. 

El estiércol huele a libertad. Aquí estoy, acompañado por las bestias nocturnas, que me ignoran. Me miran sin verme, con esos ojos tan expresivos… ¿Qué hacéis levantadas a estas horas? No contestan, porque son sabias. Saben que el regaño y los insultos no conducen a nada.

Qué manía la de castigarme con sus sermones… Ya soy grandecito. Desde que tengo razón, todas las noches, y de día también, tengo que aguantar la retahíla. Que si eres lento, que si trabajas poco, que así nunca vamos a salir de pobres. Mira a los vecinos: los campos sembrados y las buenas cosechas. Siempre hay un tonto en cada familia. No lo creo. ¿Por qué no puede haber una familia de tontos? Esta noche no vuelvo a casa; me apetece quedarme con los bueyes. 

Me estarán buscando. Pues que sigan, hasta que se cansen y me den por desaparecido. No me someto a más insultos. Hago mi cama con la  paja. Prefiero amanecer respirando el rocío, observando el lucero, con un coro de animales que se desperezan. Quieren comer, aunque no dejan de hacerlo.

 No me han encontrado. ¿Rezarán para que vuelva, o me darán por perdido? A estas horas, debería estar arando. Pero no he desayunado: no me gusta comer paja. Se me antojan unos huevos con tocino y unas migas. Seré tonto, pero mi estómago está lúcido y tiene sus horas.

He pensado en irme lejos. Si vuelvo, me atormentarán y me culparán de todos los estropicios conocidos y por conocer. Pero con hambre no llegaré lejos. Tengo que urdir un plan, procurarme comida: no soy tan tonto. El único sitio donde hay alimentos es la casa. Entro por la puerta que da al fregadero, la más cercana. Cojo un morral, pan, chorizo y unos higos secos. Cuando descubran la falta, ya no estaré. Voy a salir cuando oigo unas voces. Han llamado a la Guardia Civil mi madre y mi hermano. Mi padre, como siempre, está ausente. Les están diciendo que me perderé porque soy tonto. Ahora tendré fama en toda la comarca. Me agacho, sigiloso, y salgo por donde vine. Voy hacia el fondo de la huerta donde sé que no me encontrarán: yo no soy tonto. Uno de los perros empieza a ladrar. Hago ademán de pegarle y, como es un perro cobarde, se calla y mueve la cola. Ahora estoy en el corral de piedra. Puedo escabullirme sin ser visto. 

 No he pensado adónde ir. Dicen que, por aquellas montañas, se puede pasar al lado francés sin controles. Es primavera, y no hay nieve. Pero por la noche hará frío. No he traído ropa de abrigo. Cojo una vara que me sirve de bastón, y echo a andar. Es una mañana muy agradable. Me siento libre. Tengo ganas de cantar.

 Siempre me he preguntado qué hay detrás de esas montañas. Pues, más montañas: lo estoy comprobando. He sentido mucha curiosidad por todas las cosas. Me gusta aprender. Mi hermano estudia números. A mí me gustan los animales y las plantas; son más agradecidos. Pero siempre me reprenden, porque son cosas de tonto. Me da un poco de lástima que no me encuentren. ¿Estarán realmente preocupados? ¿O felices de haberse quitado de encima un pelmazo, como dicen que soy?

 El sol se pone a mis espaldas. Me siento cansado. Tengo hambre. Sentado en un peñasco,  abro el morral. Pan y chorizo: yo no soy tonto. Llega la noche; hace frío. Me arrebujo entre las piedras, y me quedo dormido. No sé cuánto tiempo pasó, pero ya es de día. Creo que estoy soñando. Dos hombres uniformados me miran, como si hubieran visto un oso. Me dicen que son de la Gendarmería, que si tengo papeles ¿Qué papeles? “¿Huyes de algo? Estás en territorio francés —dicen—. Tendrás que venir con nosotros. Toma, échate esta manta”. ¡Qué amables son!, mejor que en mi casa. Por cierto, ¿cómo estarán?