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Montar y picotear | Roy Carvajal

Montar y picotear | Roy Carvajal

 

Los domingos miraba a papá tras la puerta entreabierta de la gallera. Borracho, tiraba los billetes al ruedo. Me daba pena ver morir a sus propios gallos.

—¡Fuera de aquí, carajo, esto es para hombres! —decía entre las carcajadas de aprobación y bocanadas de tabaco de los apostadores.

A papá no le gustaba que fuera a la escuela, menos al catecismo. —Babosadas de curas, después se te pegan mañitas raras —decía arrastrando las erres.

No fui a la escuela ni tuve amigos. Un pollito se convirtió en mi compañía. Me lo dio papá. Me dijo que lo encontró atado a un crucifijo, entre santos de yeso y vírgenes descabezadas en el mercado de pulgas del pueblo. Que una vieja se lo vendió, que era un amuleto, que los billetes se multiplicarían en su presencia. Papá me lo dio, no para que fuera mi amigo, sino para que lo ayudara a criarlo.

Le nació una cresta gorda. Papá lo entrenaba, su gallo de los huevos de oro, así de ingenuo era. Le echaba gallos moribundos que quedaban de las peleas y mi gallito blanco los dejaba tuertos y desplumados. Su ojo me miraba de medio lado, volteaba para verme con el otro. Con la piel roja colgando de su barbilla y su pico enojado, quería decirme algo.

¿Qué miras, niño imbécil? 

Tal vez papá tenía razón, quizá era sobrenatural. Mi gallito blanco, lo amaba, pero me daba pavor de que saltara sobre mi cabeza y se comiera mis ojos.

Lo alimenté con sobras de sopa. Creció fuerte. Una vez rompió el cedazo del gallinero y aleteó hacia el cerco del vecino. De un espolonazo mató a su perra y picoteó lo primero que encontró. Aún resuenan en mi mente los gemidos de los cachorritos.

—¡Te juro que te mataré, hijueputa, a ti, y a tu maldito gallo! —sentenció el vecino. 

Pero mi deseo era que no lo mataran, al gallo, así que lo escondí en un cajón de tablilla donde se almacenaban lechugas. Clavé la tapa y lo llevé hasta el río. Lo oculté entre unos arbustos, tras las piedras. Todos los días robaba una vasija de la cocina y le llevaba tripas crudas, que las devoraba, agitándolas con el pico, salpicándome de sangre. 

Papá preguntó por el gallo blanco, su billete de lotería.

—¡No te lo diré! —fue lo único que atiné a responder.  

Todavía tengo la hebilla cicatrizada en las piernas de los azotes que me propinó con el cinturón. Sus dedos huesudos tronaron en mis dientes. Me prohibió salir del dormitorio en una semana, de todos modos, debí quedarme en cama para recuperarme.  

Renata, mi madrastra, nunca decía nada. Con su vestido carmelita miraba el espectáculo recurrente de bofetadas mientras le torcía el pescuezo a una gallina. 

—Ya verás, con esta sopa te repondrás. 

Con dos tajos de hacha cortó el cuello de la gallina y la tiró descuartizada al caldero. A veces tenía compasión.



¡Sácame del cajón, niño imbécil! 

La voz retumbaba. 

Cra-cra-cra, raspándome el tímpano.

Estampé mi cara en la almohada y cubrí mis orejas. Siete días sin dormir.

¡Regresa al río!… mis gallinas… ¡Montarlas y picotearlas!



Llegó el domingo. Escuché la juerga en la gallera, así que escapé corriendo al río. Me interné entre los arbustos. Encontraría una gusanera, pero la caja, con la tapa desclavada, tenía cientos de plumas rojas, manchadas, como si el gallo hubiese cazado algo.

Vísceras, intestinos… ¡Dame venganza, niño! 

Escuché la voz, pero no vi al gallo.

¡Graaak! La perra detrás… cachorritos moribundos. ¡Sácame de aquí y tendrás tu venganza!

—¡Cállate! —grité al aire y regresé corriendo a casa para refugiarme en la almohada.



Abrí la puerta de la cocina y Renata yacía boca abajo entre plumas teñidas con sangre.

  La puerta cimbró de un machetazo. Papá entró a la cocina con su comitiva de borrachos portando rollos de billetes.

— ¡A que este gallo no pierde, Zacarías!

Miró la inutilidad de su mujer y chasqueó el machete en el suelo. Salpicó la sangre de Renata. Dio tres pasos hacia el gallo sangriento que se mantenía tenso, sin parpadear. Zacarías levantó el machete y el gallo expandió sus alas como un crucificado. 

El espolón hendió de un tajo el cuello de papá. 

Los apostadores se repartieron el dinero entre risotadas y sorbos de ron.

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