Mejor no planees | Ana Patricia Martínez
Último día trabajando en ese proyecto. Le había dedicado tanto tiempo y esfuerzo que ansiaba terminarlo. Sabía que lo que vendría después valdría la pena.
Antes debo aclarar que, aunque era una idea mía, lo presentaría mi jefa ante el CEO y, casi seguro, ella sería ascendida a gerente. Era una solución genial para producir más y bajar costos. Renuncié a la autoría por la promesa de convertirme en jefa lo cual anhelaba hace años y confiaba en que Laura cumpliría su palabra.
Preparé mi atuendo desde un día antes, no quería tardanzas. Programé que me despertara Alexa y mi celular para no fallar. Debía llegar temprano pues dedicaría unas cuatro horas a revisarlo y lo entregaría recién impreso a las dos. Laura lo estudiaría y, a las cinco, lo expondría ante el CEO.
¿Qué podría salir mal si cada paso había sido supervisado por mi jefa? En mi optimismo olvidé la Ley de Murphy.
Desperté asustada con el sol en la cara y con ganas de insultar a Alexa y lanzar por la ventana mi celular cuando descubrí que no había luz en el edificio. Me concentré en solucionar, pues ya era muy tarde y tendría que ducharme en cinco minutos, no desayunar y tomar un Uber para poder maquillarme en el camino.
La ducha de cinco minutos se convirtió en un chisguete de agua helada pues no funcionaba ni la bomba de agua ni el calentador eléctrico.
El intento de tomar un café en lo que llegaba mi viaje falló pues el gato tiró la taza que dejé rota y desparramada en la cocina.
“No todo está perdido, tomaré café y galletas en la oficina” pensé. Bajé corriendo las escaleras porque no funcionaba el elevador. Llevaba mi bolsa, estuche de maquillaje e impermeable y subí al coche.
Después de darme una manita de gato me di cuenta que había dejado mi laptop. Sentí un nudo en el estómago, todo el proyecto estaba ahí. Las sienes me palpitaban. “Piensa, Ana” me decía.
Llamé a mi vecina que era una viejita a quien le había dado llave de mi departamento para que alimentara a mi gato cuando salía de fin de semana. Le tuve que explicar:
–Doña Maty, tiene que entrar con cuidado para no resbalar con los vidrios y el café derramado. Tome mi estuche con la computadora y baje por la escalera, ahí llegará una moto de Uber flash a recogerla—colgué la llamada sabiendo que era un gran favor el que me haría. “En la noche le llevaré pan dulce” me dije ya más tranquila por haber encontrado una solución. Las imágenes de Laura gritando y despidiéndome desaparecieron. La moto llegó al mismo tiempo que yo a la compañía.
Suspiré aliviada lista para terminar mi trabajo y ascender en la escalera laboral. Era un gran paso para mis recién cumplidos treinta años. Ya instalada en mi oficina y armada con un buen café y un par de galletas, me dispuse a trabajar.
Cerca de la una de la tarde terminé con bastante tiempo de imprimir el proyecto, me dirigí a la impresora más cercana pero no tenía tinta. “Tranquila, hay otras” me dije y encontré una.
¡Qué digo con tinta! esta chorreaba, desesperada salí y acudí a un Office Depot, terminando justo a las dos, por lo que llamé a mi jefa diciendo que me tardaría diez minutos. Nunca me había retrasado y todavía tenía tiempo de estudiarlo.
Pasé las siguientes horas hecha un torbellino de emociones. Imaginaba el momento cuando Laura salía triunfal de la oficina del CEO con su nuevo puesto y dejándome el suyo.
No fue así, Laura salió llorando y huyó de la oficina. Mr. Larry Smith me llamó a la suya y me explicó que se dio cuenta de que el proyecto no era de mi jefa quien viéndose presionada confesó nuestro plan y fue despedida. Para ese momento ya estaba segura de estar viviendo el peor día de mi vida, y de que yo seguía en la lista de desempleados.
–Señorita Ana Landeros, usted es la nueva gerente de producción y la más joven en serlo a nivel mundial—exclamó Mr. Smith.
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