Olga Cárdenas

Me quedé sin patria

El fuego que calentaba las manos de “lagrimitas” era insuficiente, por el escaso material para hacerlo. Tampoco abastecía a todas las personas a su alrededor. Aunque eso no era impedimento para dejar resaltar las bromas, que les hacían más llevadera la existencia. Durante parte de la noche se dejaban escuchar un montón de ocurrencias de aquellas personas, hasta que los vencía el cansancio. 

—¡Ahora que cante el pelirrojo! –decía uno.

—¡Mejor que diga un chiste Plutarco! –propuso otro.

—¡No, él no! ¡Es tartamudo! ¡Jamás lo va a acabar! –alegó un tercero.

El puente con aguas corredizas, pestilentes, de típico olor a podrido, fue testigo de las tremendas carcajadas que resonaron entre sus muros. Resguardaba a aquellos hombres que llegaron con una esperanza, y por azares del destino, no pudieron pasar la frontera, o fueron deportados.

“Lagrimitas” era oriundo de un pueblito llamado Las Jaras, donde sus habitantes sobrevivían de las cosechas que les brindaba la madre tierra. No se resignó a vivir la misma vida de sus progenitores. Con ilusión se aventuró en busca de oportunidades para una mejor calidad de vida.

Sin contar con capital financiero llegó a la frontera con Estados Unidos. Había escuchado de las maravillas del lugar vecino, y estaba decidido a cruzarla, al precio que fuera.

Logró atravesar tres veces, pero fue deportado. En una de ellas se unió a un grupo de sudamericanos. Al ser detenido, juró ante las autoridades pertenecer a un país que no era el suyo. 

Deambuló de un lugar a otro tratando de conseguir empleo, pero no había quien lo recomendara. Hacía algún trabajo para tener algo que comer. 

No representó ningún problema su acogida, entre las personas que pernoctaban bajo el puente. Lo dieron por bien recibido, como a muchos otros.

Ahí se compartían los pocos alimentos, los cuidados a los enfermos, de igual manera, si era necesario trasladar a algún fallecido, para dejarlo donde lo pudieran rescatar y le dieran sepultura, hasta el crudo frío, que le congelaba los dedos de los pies de sus zapatos rotos. 

No tenía idea de cuantas lágrimas derramó por su fracaso, tantas, hasta dejar sus ojos secos. Precisamente, ese era el motivo por el que sus amigos le apodaron “lagrimitas”. El nombre de Israel se lo pusieron sus padres con mucho cariño, pero a él, se le había olvidado. Se conformaba con que sus amigos se acordaran de su existencia, y lo mencionaran por su apodo.

La rabia lo invadía por no tener el valor de regresar a casa. Se sentía derrotado, la depresión lo tenía aniquilado. 

 

Lo sacó de sus pensamientos un grito.

—¡A ver “lagrimitas”, échate una declamación! ¡De esas que te salen del corazón! ¡Eres bueno para eso! 

Al escuchar a todos secundando la petición se levantó. Caminó entre el grupo, dejando a su paso un olor a mugre. Pero eso no pareció interesar a la concurrencia, que seguía coreando su nombre. Ya estaban acostumbrados.

Se desprendió la gorra, y se arregló la chaqueta aportillada. Tomó aire, adoptando una posición apesadumbrada, misma que le hizo llenar los ojos de humedad. 

Con voz firme y segura, comenzó la declamación de su autoría.

 

“Traspiés, entre descalzos y cubiertos,

que piernas congeladas no responden.

Suelo que me vio llegar,

mirándome con desdén y orgullo.

 

Días incontables, olvidados,

del calendario que sabemos no existe para mí, 

ni para otros más,

que van esperanzados adelante,

o vienen detrás, por un camino igual.

 

Era dueño de un nombre que existía,

que labios estimados pronunciaban.

Nombre que tenía su historia,

formaba parte de un libro importante,

de hojas de color avejentado,

y un valor, infinitamente invaluable.

 

Mis ojos se entrecierran agotados,

bajo este puente de aguas corredizas, pestilentes, 

que bañan mi cuerpo lacerante,

y calman la sed, de la impotencia.

 

¿Cuántas lágrimas habrá contado?

más de rabia que, de duelo oculto,

de este bulto maloliente y fracasado.

 

Antes tenía una patria,

olorosa, fresca, de bandera ondeada.

Hace no muchos ayeres,

del tiempo que voló implacable,

y me arrancó las alas.

 

No tengo más que atesorar.

He perdido el honor que algún día tuve.

Huyó, aquel nombre que muchos pronunciaban,

y me quedé, sin patria”.