Los escollos del destino

J. Iñaki Rangil

Podría decir que vivo feliz. Tengo una situación acomodada; hace algún lustro que terminé de pagar la hipoteca. Llevo una relación con mi pareja tal que parece no haber pasado tiempo que la cercene; no hay aguaceros en todo el horizonte. La dicha parece, recalco lo de parece, cernirse sobre nosotros. Sin embargo, hace días que estoy muy nervioso. Lo que le puede cambiar la vida a uno en poco tiempo… Hoy me levanto bien; al rato todo se va al traste. No siempre hay un porqué; no obstante, en mi caso, puedo afirmar taxativamente que sí. Además, lo agrava la inminencia de los acontecimientos. No sería justo decirlo sin exponer primero los antecedentes, pero desde el comienzo. 

En mi época en la que no sabía qué era una relación, solo pensaba que no iba más allá de que una pareja pasara un buen rato. Entonces no tenía ningún problema. Cierto que a veces me salían los colores porque debía alguna explicación más profunda. No pasaba de ahí el deber. Esta etapa no duró mucho; entonces, saltamos a la siguiente en la que surgen los compromisos, palabras mayores. En aquel tiempo tuve varias “novietas”, aunque no me duraban demasiado. Había un algo que me impedía escalar esos niveles. La mayoría de las veces ponía la bonita excusa de “es que mi madre no me deja…”, y ahí quedaba todo, cada uno por su lado. El recelo me obligaba a ir saltando de flor en flor, hasta que encontré a mi bien amada Aizpea. Ella no era como ninguna otra. Lo tuve claro desde el primer momento.

Cierto es que partimos de una atracción física. Mutua. En igualdad de condiciones. Los pasos siempre los llevamos a la par; ninguno adelantaba el pie y la carrerilla la cogíamos a la vez. Todo resultaba fácil, incluso en las discusiones (pocas, mas también las hubo). En esas escasas veces, era ella quien daba los pasos de aproximación. A mí no me hacía falta más que su cercanía para que se me olvidara todo lo ocurrido. Estuvimos unos cuantos años manteniendo nuestra relación sin avanzar, hasta que ella me propuso irnos a vivir juntos. Nada más escucharlo, me pareció una idea estupenda, vamos, la consecuencia natural. Por supuesto, nos cambió radicalmente la vida pero, con empeño por ambos, obtuvimos un óptimo resultado. Tanto fue así que puedo certificarlo cinco lustros después de pasar el umbral de nuestra primera morada juntos. Aquel fue arrendado. En el transcurso de los cinco siguientes años, tomamos la decisión de comprar casa propia, donde haríamos nuestro verdadero hogar, como así fue.

Debo confesar, con la mayor franqueza posible, que también hubo un pequeño escollo, probablemente no, ciertamente, por mi culpa. Caí en la tentación que me pusieron: me encapriché con una clienta. Hasta tal punto que me volvía loco. Entonces fue cuando pensé en concluir con Aizpea. Así que decidí sincerarme con ella, se lo debía. Oí una vez que una mentira te permitirá ir muy lejos, pero nunca regresar. Creo que por despecho ella debió devolvérmela. Nunca lo confesó; además, me lo merecía. Solo fueron señales que me lo indicaron. Fue entonces cuando reaccioné al sentir que la podía perder. Ella me lo dispensó todo. Es más; solo me exigió que concluyese con aquello, sin mentiras, a lo que accedí de inmediato, satisfecho por el justo pago. Después no me reprochó nada, jamás. Dicen que no hay como verle los colmillos al lobo para que entre el pánico. A mí me sirvió para siempre. No volví a probar en plato ajeno.

Así, llegamos al principio. Ahora, después de tanto tiempo, diré que mi desdicha se la debo a una fobia que me ha seguido toda la vida. Solo que, hasta hace poco, no me había preocupado nada, no había tenido motivos, o había sabido vadearlos. Tengo gamofobia. Aizpea lo desconoce; sin embargo, me ha pedido que nos casemos: dice que ya va siendo hora. ¿Cómo le digo que el matrimonio me da pavor? Antes de ella rompía todas las relaciones que llevaban a tal compromiso. Ni nos habíamos planteado la necesidad, ni tampoco me lo había pedido. ¿Qué hago ahora?