Lluvia de barro | Ana Efigenia
He huido. No puedo enfrentarme a los problemas. Simplemente me he abstraído de la vida. Todo empezó un día que llovía. Me asomé a la ventana y admiré las gotas de agua que se convertían en ríos en las aceras, en charcos en el asfalto y en barro en mi mente.
Desde aquel día no hablo. No puedo pronunciar palabras. El caso es que tengo la necesidad de expresarme cuando algo me afecta, pero no hablo. Me limito a mirar a las personas que se dirigen a mí y a pensar qué les diría.
Hay días que al amanecer me digo: «Hoy voy a hablar». Pero luego cuando el amanecer se convierte en día, cambio de parecer. Otros días al llegar el atardecer, también me digo: «Venga, hoy tengo que hablar», pero llega la noche; dibuja la luna y las estrellas y no hablo.
Mi familia me pregunta todos los días por qué no hablo. Y yo me digo: «¡Si no hablo no puedo contestar!». Ahora se han empeñado en que escriba. Me han comprado artilugios para que nos comuniquemos: una libreta y un bolígrafo del color que a mí más me gusta, una pizarra y una tiza, una campana, un robot que dice sí, no, quizás, tengo hambre, tengo pis, tengo caca… Pero no uso nada. Nada.
He dejado de ir a trabajar. Un doctor me ha dicho que si no le cuento lo que me pasa no puede ayudarme, pero no puedo contarle lo que me pasa porque tampoco quiero hablar con él. Me dijo que tenía una depresión y que me iba a medicar para que empezara a sanar; que poco a poco saldría de dónde me he metido (supongo que se referirá a la lluvia de barro). Me tomo todo lo que me ha prescrito, pero sigo sin hablar.
Ahora tampoco quiero salir de casa; no voy a comprar, no voy a caminar, no voy a trabajar, no voy de visita, no voy al dentista, no voy a la peluquería, no voy a casa de mi madre, no voy a ninguna parte. Mi familia hace todas esas cosas por mí. Y yo sigo en silencio y sin salir.
Los días que llueve, me asomo a la ventana y me tiro horas y horas mirando la lluvia y suplicándole que me devuelva el habla. Bueno, más bien las ganas de hablar. Hasta hoy no ha surtido efecto. El agua sigue mojando, abrillantando, regando, refrescando… Pero no me devuelve la voz.
Para colmo, tampoco quiero cocinar, ni fregar, ni barrer, ni tender, ni planchar, ni nada de nada. Me limito a hacer nada. Mi familia se preocupa, me lo dicen todos los días. Yo también me preocupo, pero no lo digo ningún día.
No me quiero bañar. Ni peinar. Ni vestir. Tengo miedo. Empiezo a pensar que pronto dejaré de querer respirar. Y si todo va como hasta ahora, dejaré de respirar y me moriré. Y no me quiero morir.
Hoy es día de tormenta. El aire agita los árboles y causa sonidos que me perturban la mente. Me dan ganas de gritar. Me gusta el olor que desprenden las tormentas. Y la sensación que me queda en el cuerpo. Hay nimbos en el cielo y el sol intenta salir por los recovecos. Me fijo en el alféizar, hay dos gorriones resguardándose. Me gusta cómo se mueven y los gestos que hacen. Los intento imitar. Me muevo como ellos y me veo reflejada en el cristal de la ventana. Me hago gracia. ¿Estaré enloqueciendo?
¡Uy! Empiezan a cantar. Hinchan el pecho, espolvorean las plumas y ejercitan los músculos de la siringe. Yo no tengo siringe, pero puedo ejercitar las cuerdas vocales. Hincho el pecho y comienzo a cantar. Sin más. Toda mi familia está a la expectativa. Me aplauden y todo. Pero no hablo, sigo sin hablar.
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