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Libertad | Ángela Castrillón

Libertad | Ángela Castrillón

Cuando la tristeza se muda a vivir contigo, empiezas a caer en un abismo, en el cual se va perdiendo de vista la luz y todo es oscuridad. Tratas de salir, lo cual es inútil: te aferras con tus uñas como garras a la roca. Pero resbalas, y el sufrimiento se profundiza. El abismo es tan profundo que hasta la esperanza le huye a esas lejanías. De pronto, tocas fondo; permaneces allá un buen rato y, tal vez por aburrimiento, decides que es momento de subir… no hay más por hacer. Cabe aclarar que la subida se hace escalando a mano limpia; no hay material especial de escalada, como arneses, mosquetones, ni cuerda… ni tampoco señal de internet para buscar tutoriales. El caso es que empiezas a subir; resbalas, una y otra y otra vez. Tu cuerpo se lastima con rasguños, cortadas, golpes, y la piel empieza a adquirir colores morados, verdes y amarillos. Pones el pie frente a la roca y caes; intentas de lado, y tampoco funciona (aunque a veces sí). En cuanto a las manos, las apoyas totalmente y no funciona (solo la punta), y tampoco, aunque a veces sí. Avanzas sin saber cuánto te falta. Con el pasar del tiempo, vas adquiriendo experiencia y corres con suerte de encontrar bordes lo suficientemente anchos para descansar. Recargas fuerzas, tomas impulso y sigues escalando. De repente, de un momento a otro, empiezas a ver la luz, lo cual te emociona, y continúas ascendiendo. Ya sabes cómo poner los pies, cómo poner las manos y, ante caso de caída, cómo frenarla. Cada vez afrontas mejor los retrocesos; los ves como parte del proceso. Llega un día en que sales del abismo y quedas pasmado; parece un milagro que lo hayas conseguido. Te sientas en su borde y admiras la inmensidad, el cielo azul, y el calor del sol acaricia tu rostro. El frío de la cima te refresca. Admiras la belleza de las flores. Te das cuenta de cómo el viento mueve las hojas de los árboles.

Después de que has recuperado el aliento, te da por ir a explorar. Encuentras un arroyo, donde sacias tu sed y te das un baño. Empiezas a reconocer tu cuerpo: está más delgado, pero a la vez más musculoso. Observas los tatuajes que ha dejado tu proeza. Algunos, ya terminados en forma de cicatrices; otros, aún en construcción, cubiertos por costras. Tratas de recordar cómo te los hiciste, pero son varios; pasaste por tanto que ya no vale la pena saber exactamente qué los creó. Lo único cierto es que eres un guerrero. Te alimentas con frutas salvajes, las cuales se deshacen como almíbar en tu boca. Cuando llueve, decides no resguardarte, sino dejar que el agua te moje completamente, para que después llegue el sol y seque tu piel. Los harapos que tenías los abandonaste: ya no te servían.

Vuelves a contemplar el abismo; no puedes creer que hayas caído en este, y mucho menos que hayas subido desde allá. Piensas en lo que dolió, en todo lo que hiciste para evitar caer, en cómo querías encontrar la fórmula mágica para subir (el ascensor), pero analizas que no fue una única cosa que hiciste para salir, sino muchas. Te percatas de que siempre avanzabas, aunque parecía que no. En este momento, no importa buscar otra cuesta para subir. Deseas disfrutar, con todo tu ser, esta libertad que alcanzaste. Deseas congelar el tiempo, admirar tu valentía por haberte decidido a subir. Si viviste la tristeza, el desespero, la impotencia y la desolación al máximo… lo mismo quieres hacer con la alegría, esperanza y calma que te da el haber salido. Deseas empalagarte con estas.

Te preguntas para qué tuviste que haber caído. Concluyes que hay aprendizajes que solo ocurren a través del dolor, que solo puedes valorar estar arriba cuando estuviste abajo. Solo comprendes la luz cuando estuviste en tinieblas.

Miras el abismo; te preguntas si volverás a caer en este o en otro… tal vez sí, pero no temes. Confías en que va a ser por tu bien y esperas que, si ocurre, puedas recordar que ya saliste una vez, que fuiste y que eres capaz. 

 

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