Levadura | Fernanda Almagro
El bullicio del lugar no le intimidaba, ni tan siquiera le preocupaba. Él sólo respiraba despacio y movía sus manos amasando la harina, la sal, el agua y la levadura casi acariciándolas, como un escultor modelaría una obra delicada.
Le gustaba especialmente el olor agrio del fermento, el pensar que algo tan pequeño tenía el poder de convertir una simple masa en algo tan esponjoso y apetecible.
La entrada de Pedro interrumpió bruscamente sus pensamientos.
- ¡Tres pizzas margaritas, una caprichosa y dos napolitanas!
- ¡Marchando! Gracias, Pedro.
- Qué cumplido eres. No sé como te quedan ganas. Esto está hoy a rebosar. ¡Vaya mierda de día! Te dejo que voy a servir a la mesa grande.
- Tío, acaba de entrar otro grupo grande, doce personas, y el cabrón del jefe ha dicho que a pesar de la hora le hagamos un hueco.
¿Esa es
la harina que te queda? No me vayas a decir que sí. El grupo ya está sentado y le han servido las bebidas.
- Me temo que sí pero no te preocupes que de ahí sacaré suficientes.
- ¡Pues como no hagas un milagro no sé cómo te las vas a apañar!
A veces no sé si eres tonto, un buenazo optimista, que no llevas suficiente tiempo aquí o qué es lo que te pasa, tío.
Cogió el resto de harina que le quedaba, y junto con los demás ingredientes, continuó con su trabajo. Daba forma a una pizza, a otra, a otra hasta completar los pedidos sin que la masa apenas disminuyera. La velocidad de sus pensamientos también fue en aumento. Su respiración fue acelerándose y como un golpe de viento que deja al descubierto un fondo que no habíamos visto antes, se desvelaron sus auténticos sentimientos.
¿Tenía sentido trabajar sin que nadie se lo agradeciera? ¿Qué hacía escondido en esa diminuta cocina si a él lo que le gustaba era hablar con la gente? ¿Había sido un castigo por parte de su padre mandarlo a ese lugar o quizá considero que necesitaba un baño de humildad?
- ¡Madre mía! ¿Tenías harina escondida? Vamos, es que si no es así no me explico cómo lo has conseguido. Definitivamente creo que eres un bicho raro. No sé, a lo mejor quieres hacerte imprescindible para el jefe, aunque sigo sin entenderlo… ¡con la mierda que te pagan! No, si va a ser que eres tonto tonto.
Le habría lanzado una base de pizza a la cara si en ese momento no se hubiera dado media vuelta y se hubiera marchado sin darle opción a ningún tipo de respuesta.
Y para colmo al momento se sintió culpable de una reacción que ni siquiera había tenido. La culpabilidad, siempre agazapada, siempre esperando su oportunidad para atacar.
Vale. Os lo digo. Lo reconozco: ¡estoy harto de ser bueno!, harto de ayudar a los demás sin esperar nada, harto de obedecerte, padre. Por cierto, harto de que veas siempre todo lo que hago y pienso. ¿No me decías siempre que no debía mentir? Pues, hala, ahí tienes toda la verdad. Lo de ser hijo único ha sido un asco. Todas tus expectativas, todas tus frustraciones puestas en mí ¿No crees que es demasiado? El mundo te lo inventaste tú, así que tú te las apañas con tu obra.
Y por último te diré: ¡le tengo un asco a la pizza!
Mientras pronunciaba las últimas palabras mirando hacia el cielo, ante el asombro de Pedro que acababa de entrar, se quitó el blanco delantal, lo pisoteó, le lanzó una pizza margarita a la cabeza y salió del local. Nunca más se supo de él.
- Bueno tío, tampoco es para ponerse así.
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