Leo, el veterano

Rubén Fernández

Ahab observaba el mar salpicado por bloques de hielo. Como todos los años, acudía a la matanza comercial de focas de Canadá. La mayor del globo. La grasa y piel de estos animales salía bien a cuenta. El hombre entrado en años lo sabía muy bien. Comenzó a sus veinte años como grumete. Ahora dirigía su propia embarcación. El mar se picó. De un momento a otro, el navío coronaba la cresta de una gigantesca ola.  Volcaron al caer. 

Cuando abrió los ojos, se sorprendió gratamente. Ya no sentía frío. De hecho, la temperatura era perfecta. Veía con una claridad increíble para estar bajo la superficie. Un detalle lo importunaba. ¿Eran bigotes aquello que salía de sus mejillas? Los nervios corrieron por sus venas al percatarse de que, en vez de manos, tenía aletas. Confundido, se desplazó de un lugar a otro sin rumbo. Su cuerpo dejó de responderle.

―¿Se puede saber qué haces con mi cuerpo?

―¿Quién eres? ¿Dónde estás?

―Soy Leo, la foca. Estás en mi cuerpo.

―¿Cómo?

―¿No deberías presentarte? ―El marinero dudó por un instante—.Me llamo Ahab, el humano.

―Encantado Ahab. Bueno, ¿vas a decirme que estás dentro de mí?

―¡Como si yo lo supiera!

―Tenía a los humanos por más inteligentes.

―Eso da igual. Llévame a mi barco.

―¿A tu barco? Lo siento, pero vamos a la playa.

―¡Ni hablar!

―Sí que voy a hablar. Con una foquita soltera, espero.

Ahab discutió insistentemente con Leo. Intentó dar la vuelta y oponer resistencia. No obstante, el animal mandaba sobre las aletas. Cuando por fin se hubo calmado, prestó atención a su entorno. Había estado muchas veces en el ártico. Los icebergs no era una sorpresa para él. Estar debajo de estos sí que era nuevo. La luz se filtraba a través del hielo creando hermosos tonos de verde y azul.  Los peces formaban bancos en movimiento, bañados por la luz de los casquetes. Llevaba más cuarenta años acudiendo a la zona. Encontró algo inédito en la cotidianeidad.

Se acercaban a la costa. Ya no había peces ni ningún otro atisbo de vida. Las aguas pasaron de bellas a solitarias. La foca arrugó la nariz y comenzó a nadar en zigzag.

―¿Qué ocurre?

―Un gran blanco. ―Leo permaneció en silencio, esperando algo―. ¿No vas a preguntarme por lo del zigzag?

―Claro que no. He visto un millar de veces cómo cazan esas alimañas.  Siempre atacan desde  abajo.

―¡Vaya! Parece que los humanos no sois tan ignorantes como pensaba.

―Soy un lobo de mar. Sé tanto del océano como tú.

―¿No eras humano? ―Ahab se pensó la respuesta.

―Quise decir persona de mar.

Al poco arrimaron la pedregosa playa sin incidentes. Montones de focas arpa, seguidas por cachorritos rechonchos y con ojitos tiernos. Leo comenzó a bramar y deambular por el poco espacio disponible. Las horas pasaban sin mucho éxito en la búsqueda de concubina.

―Están en temporada de cría. No vas a conseguir nada.

―¿Y tú que sabrás? Eres persona de mar, no de mujeres.

El tiempo siguió corriendo. Leo gritó con más fuerza y recorrió el lugar un centenar de veces más. A la mañana siguiente ya había estado con tres compañeras distintas. Ahab quedó asombrado.

―Parece que alguien se equivocaba. Bueno, ¿quieres que te deje el control?

―¿El control?

― Así podrías aprovechar y arrimarte a una foquita. ¡Mira qué bigotes tiene esa!

Leo siguió con su paseo. Esta vez solo se dedicó a charlar. Finalmente, puso rumbo al mar.

―Espera, el tiburón sigue ahí.

―Ese es el problema. Si las madres no cazan, no producen leche.

―¿Y tú solo vas a distraerlo?

―Me llaman el veterano porque, con veinte años, soy la foca más vieja. Mientras no sean orcas, estaremos bien.

De vuelta en el agua, comenzaron a chapotear en la superficie. Tardó un poco, pero acabó llegando. El escualo salió como una bala en vertical. Leo maniobró hacia un lado, esquivando las hileras de dientes. El enorme pez embestía una y otra vez. En respuesta, acrobacias vistosas que evitaban la muerte por escasa distancia. Todo un espectáculo. Nada menos que tres horas de volteretas, giros cerrados y saltos mortales.  Muchos pudieron comer. 

A la vuelta se recostaron y echaron una cabezadita. Unos pasos interrumpieron el descanso. Un hombre armado con un hakapik. El pico se hundió en el cráneo de Leo. Ahab despertó en su camarote. En calzoncillos se levantó y fue corriendo a la sala de mandos.

―¡Da media vuelta! ¡Se acabó la caza furtiva!