Lebron

Carmen Sánchez

Ayer te vi; estoy seguro de que eras tú.  En mi memoria conservo el recuerdo de que eras negro, brillante, hermoso y con mirada dócil. Apenas has cambiado; solo tu cráneo presenta una fea deformidad que causé yo. Todo lo demás coincide con la imagen que conservo de ti: tus poderosas patas que aprietan el suelo sin titubear, tu cola y su movimiento rítmico y enérgico, tu rostro satisfecho.  No cabe duda de que sigues siendo feliz, a pesar de mí.

Me he sentado en este banco para esperarte: no tengo más que hacer.  En mi mochila llevo las provisiones para todo el día.  Hoy no recorreré las calles, ni me apostaré en la puerta de ninguna iglesia para esperar la exigua caridad de fieles que solo lo son con sus costumbres y ritos. Solo voy a permanecer aquí sentado, esperándote.  Verte ayer perturbó algo de mi interior que necesito calmar.

Mientras, imágenes de mi pasado pasan por mi mente a velocidad vertiginosa, sin permitir saborearlas.  Veo a mi mujer, nuestra casa, todo oculto tras una densa niebla, sin detalles nítidos a los que aferrarme. Necesito verte para recordar.

Recordar a mi mujer y su lejana sonrisa, recordar nuestra casa y el jardín que yo cuidaba los sábados mientras tú jugabas.  Recordar a los leales amigos que desaparecieron al mismo tiempo que mi dinero. Y recordarte a ti, tendido en la cuneta, muerto.

Sé que no me lo perdonarás, que mis motivos no te importan, que ninguna explicación podrá paliar tu dolor.

Tuve que hacerlo, Lebrón, tuve que hacerlo: no cabías en mi nueva vida.  La mujer de la que me enamoré y por la que lo dejé todo no te quería, y me pidió que te abandonase. Pero era muy cruel condenarte al destierro, al hambre, a la soledad.  A todo eso me condenaron cuando me abandonaron poco tiempo después. Preferí matarte.  

 

Golpeé con todas mis fuerzas hasta verte caer, y corrí, corrí para escapar de mi felonía. Acababa de matar al amigo, al que me había jurado amor eterno.  Quiero pensar que lo hice por amor, pero ambos sabemos que no es cierto: lo hice por egoísmo, por cobardía, por maldad.

Ya te veo; vuelves a pasear por aquí. Probablemente, lo hagas todos los días.  Tú también me has visto. He notado el miedo en tu mirada y te has apretado contra tu nueva familia buscando protección. Los que te rescataron malherido del erial donde te abandoné, los que te cuidaron y sanaron y ahora pasean orgullosos mientras acarician tu testuz para tranquilizarte, aunque no comprenden, no saben quién soy yo y lo que signifiqué para ti. 

No temas, Lebrón, nuestra vida, la tuya y la mía, terminó. Yo caí, tú resucitaste, y ya solo nos queda en común esa fea cicatriz de tu cabeza.