Las furias | Roy Carvajal
Vicente cargaba su valija como si pesara toneladas. Caminaba hacia el parqueo mirando escaparates, admirando en el reflejo su melena ensortijada de color marrón profundo, su barba con apenas canas y su cuerpo fornido entallado en un traje de cachemir. El trabajo como supervisor en un banco rendía frutos. Esa tarde entró al museo por impulso, gastarse unos eurillos en cultura le daría un respiro del caos de oficina.
La encargada del guardarropa sonrió, le pareció conocido. Vicente cambió la valija repleta de papel membretado por el billete de consigna. Se dirigió hacia la entrada. Sus mocasines hicieron eco ante la mirada seria del vigilante que escaneó su billete a la exposición de las Furias. Liberado de todo peso, puso obediente las manos atrás y caminó con la barbilla alta y sonrisa de ganador. Miraba escéptico el tenebrismo rojo y oscuro de Tiziano: desnudos con apenas tela en la entrepierna, brazos fornidos en escorzo, manos extendidas tratando de escapar del lienzo, un barbudo encadenado al tobillo mientras un buitre devora sus entrañas.
Caminaba ensimismado y se detuvo ante una pintura. La imagen de un monstruo con cara de perro, asomado tras una enorme roca, lo vigilaba.
—¿Qué me miras? —le dijo al monstruo, entrecerrando los ojos.
—No te miro. Te espero.
Se tocó la frente y un mareo casi lo tumba. Se aferró al marco dorado. Pasos de vigilantes se aceleraron. El cuadro de Sísifo se inclinó unos grados y quedó tambaleante. Vicente rastrilló los dedos sobre el horizonte craquelado. El óleo tornó pastoso al toque y su mano se hundió en el pigmento fresco y aceitoso.
—¡Hey, deténgase!
Antes de que los vigilantes lo apartaran del cuadro, un vértigo brutal lo arrancó del suelo y lo arrastró hacia el lienzo.
Abrió los ojos. Sus mocasines resbalaban en una pendiente de piedrecillas mientras que sus manos soportaban una enorme roca sobre su cabeza.
—¡No puede ser! —murmuró Vicente, y una voz resonó:
—¿Recuerdas ahora quién eres? — rezongó el monstruo entre los colmillos curvados de su hocico peludo y negro.
Vicente apoyó la roca en su hombro y giró la cabeza. El monstruo le miraba con ojos desorbitados entre rictus burlones. Tras de él asomaron dos más, una mamba negra y un gallo tiznado de gran cresta. Reían a carcajada limpia.
—Esto es un maldito sueño. Estoy… cansado.
—No, Sísifo. Estás atrapado, ¿es que no lo entiendes, imbécil?
¡Sísifo! Las imágenes cruzaron su mente: un castigo eterno, una roca que nunca llega a la cima, un esfuerzo inútil.
—No, no… soy Vicente. Tengo… reuniones, reportes, pagos….
Las carcajadas retumbaron en la montaña de piedra, entre las nubes grises.
—Y esa roca, majadero ¿es que no la subes todos los días? ¿Es que no la cargas de lunes a lunes, sin interrupción?
Vicente titubeó. El monstruo tenía razón. El despertador a las cuatro, el tráfico, filas de cubículos, los rostros pálidos de sus subordinados pegados a las pantallas, risas falsas en los pasillos, el ciclo eterno de e-mails.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Quiero que vuelvas a ser tú.
Vicente flexionó las rodillas y se desplomó hacia atrás con la roca que se fragmentó en mil pedazos. Se incorporó limpiándose el polvo del traje y se ajustó la corbata sobre su camisa empapada en sudor. Volteó a ver el horizonte de donde había venido, se aferró al marco, y antes de saltar del lienzo, dijo:
—¡Seré libre sin esa maldita roca!
—¿De verdad crees que escaparás?
El suelo rocoso cedió en una avalancha. Al ir cayendo sobre su espalda por el tobogán pétreo, vio proyectada su vida sobre las rocas que rodaban: el Aston Martin, el dinero ganado en su divorcio, las propiedades a su nombre, los alquileres… las rocas se fusionaban y crecían en una sola roca inmensa. Golpeó en seco el fondo. Con el traje raído y los tres monstruos halándole la corbata, emprendió la subida. Rodaría con su éxito, colina arriba, de nuevo hacia la cúspide.
El cuadro volvió a colgarse en la sala, pero los visitantes notaron algo extraño. La figura de Sísifo levantaba una valija en lugar de una roca, y su rostro barbudo parecía mirar hacia afuera, como suplicando ayuda. Al final de la jornada, un parpadeo fugaz, y luego… silencio. Las luces del museo se apagaron, y en la penumbra, los ojos saltones de los monstruos relucieron burlones.
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