Sandy Manrique

La visita

“Mamá, me voy, cuida de mis niños. Regresaré pronto por ellos. Te amo”, dijo Yuli. Doña Leonora se encerró a llorar en su cuarto, lejos de los ojos de sus nietos. En este hogar las cosas tristes se guardaban para no rascar la llaga del sufrimiento.  

 

En  el cruce de la frontera de Estados Unidos no sucedió nada. Pronto Yuli se acomodó en un trabajo que le permitió mandar dólares a su madre. Lo inesperado para la joven fueron los moretones que comenzaron a aparecerle en el cuerpo. Combinados con la fiebre y cansancio revelaron una leucemia fulminante. 

 

“Todo bien por acá, mami. A veces me siento un poco cansada, pero cuéntame ¿cómo están Carlitos y Dani?. Las llamadas entre madre e hija eran cálidas hasta que un día, vencida por el dolor, Yuli le contó  a su madre acerca de su enfermedad. Se lo dijo con un tono esperanzador, diciéndole que pronto llamaría para darle  buenas noticias. 

 

Dona Leonora supo que el momento que temía había llegado. Insistió a su hija que regresara a casa para cuidarla. Yuli le pedía que no se preocupara, que todo estaría bien, que ambas necesitaban el dinero que ella generaba para mantener la casa y a los niños.  “Llegaré a verlos muy pronto, te lo prometo”.

 

Un par de meses pasó Doña Leonora mesándose los cabellos. Miraba hacia la puerta esperando a Yuli. Pensaba en verla aparecer de sorpresa. Cruzar el pasillo  abrazando a sus dos pequeños. Pero no sucedió. Lo que sucedió fue el teléfono confirmando que a veces las batallas se pierden.

 

El auricular terminó en el suelo. Las manos de la madre doliente colgaban sin fuerzas. Los pensamientos le reprochaban a Doña Leonora haber dejado a su hija marcharse de su lado. La impotencia de no haber podido verla  ni reconfortarla en sus últimos momentos la hundían. 

 

Pero los trámites para el funeral de Yuli y repatriarla eran imperiosos y no dejaban tiempo para dolerse. Doña Leonora debía trasladar el cuerpo de su hija desde Estados Unidos hasta El Salvador para darle  sepultura. Debía  asegurarse, además, que su yerno, quien estuvo ausente hasta este momento, no se quedará con la modesta herencia de sus nietos. 

 

Una semana después de la muerte de Yuli, luego de darle a los niños de desayunar, Doña Leonora salió a hacer mandados. Al regresar  a la casa escuchó ruidos. Las carcajadas de los niños. La corredera de un lado a otro, esa que vuelve locos a los vecinos. “Uno, dos, tres, voy a buscarte”.

 

El gozo de la sorpresa de sus nietos al ser encontrados viajaba a través de las paredes. Extrañeza de la abuela. Temor. Enérgicos, los  niños abren la puerta y gritan alegres “Abuela, mamá Yuli llegó. Ven, vamos a verla”. Doña Leonora siente las rodillas sin fuerzas. 

 

Carlitos y Dani gritan abriendo las habitaciones de la casa. “Mamá no te escondas. Aquí está la abuela” le dicen entrando al primer cuarto. Luego van al segundo y tampoco está. Es necesario entrar al último.  Cuando abrieron  el tercer cuarto, allí estaba. 

 

Doña Leonor vio  a  su hija Yuli flotando en el aire con su vestido de novia. La señora trató de mantenerse en calma para no asustar a su hija. Temblando intentó tocarla La miró con amor, con  ganas egoístas de pedirle que se quedara y no se fuera nunca. 

 

La  abuela tuvo que hacer un esfuerzo para agrupar los hilos de su voz hasta poder emitir sonido, suave, pero suficiente “Yuli, mija, no te preocupes, tus niños están bien. Yo te los voy a cuidar. Puedes irte en paz. Te amo”.

 

Yuli volteó a ver a su madre. Su rostro espectral se puso sereno. Sus moretones empezaron a desvanecerse, se vio más erguida, casi sana, casi feliz. “Te dije que pronto vendría a verlos” susurró mientras su figura esfumaba mezclándose con rayos de luz colados en la habitación.