Roberto Vega

La visita

Sophia contemplaba la fachada de estilo victoriano mientras el guía, un hombrecillo bajo y enjuto, hablaba al nutrido grupo de visitantes:

—Sarah Winchester vivió convencida de que estaba maldita. Ella creía que el origen de su condena radicaba en todos aquellos que habían muerto a causa de las armas Winchester fabricadas por su difunto esposo. Según la aconsejó una médium que solía frecuentar, para que los espíritus de los caídos no acabaran con su vida, debía construir una casa, la cual no podía ser terminada jamás.

El hombrecillo condujo al grupo de visitantes al interior de la mansión; se detuvo en medio de un amplio recibidor, y reanudó su exposición intentando captar la atención de los asistentes.

—Un poco exagerado lo de las dos mil puertas —susurró Sophia a su marido Paul—, ¿no crees?

—Me preocupa más eso que ha dicho de las cuarenta y siete escaleras —repuso él fijando su atención en la lámpara de araña suspendida sobre sus cabezas.

—Bien. —El guía elevó el tono de su voz—. Recuerden: es importante que respeten las indicaciones. Les mostrarán el itinerario a seguir. Si lo hacen, nos veremos aquí en una hora; en caso contrario —emitió una sonrisilla sarcástica—, espero que no acaben en uno de los pasadizos secretos desde los que Sarah Winchester vigilaba las obras de la casa; quienes lo han hecho todavía no han regresado.

El grupo comenzó a estirarse a medida que avanzaban por los pasillos que unían las diferentes estancias. Entraron en una sala rectangular de techos dorados. El empapelado de las paredes era de un intenso color burdeos. Sophia vio a Paul junto a un órgano de viento que presidía uno de los muros laterales: parecía relajado.

Se adentró en la sala contigua mientras pensaba en su marido y en aquel viaje: «Una segunda oportunidad», le había pedido él («La última», había pensado ella) y, después de diez días de haber estado recorriendo toda la costa oeste de los Estados Unidos, tenía que reconocer que las cosas no estaban yendo tan mal.

Entonces se dio cuenta de que estaba sola. Miró a su alrededor: el silencio era absoluto. Al cruzar la única entrada que daba acceso a la sala, se sorprendió: era una estancia en la que no había estado antes. La luz del sol entraba por una de las ventanas, proyectando un arco iris sobre la habitación. Llamó a Paul: su voz reverberó sobre las paredes. Resopló con fuerza: si todo aquello era una broma, era de muy mal gusto.

Ya no seguía las señales que marcaban el itinerario: hacía rato que no veía ninguna. Llegó a un distribuidor desde el que ascendían tres escaleras y se detuvo mientras reproducía el comentario de su marido; finalmente, eligió una, y maldijo al comprobar que no daba a ninguna parte.

Sentía su boca reseca. Se llevó la mano a la espalda, pero recordó que era Paul el que siempre llevaba la mochila con el agua. «¿Dónde demonios se han metido todos?», murmuró.

Se encontró con puertas que, al ser abiertas, conducían a paredes desnudas (otras al vacío). Abrió ventanas que daban al interior de la propia casa, y recorrió pasillos que no llevaban a ninguna parte. No encontró la salida.

Al fin, tomó una decisión: sabía que aquel lugar tenía que estar repleto de cámaras (aunque ella no hubiera visto ninguna), solo tenía que esperar, y vendrían a recogerla.

Entonces, le pareció escuchar algo. La puerta de donde provenía el sonido daba acceso a un largo pasillo con ventanales a ambos lados, del que no se veía el final. Al otro lado de los cristales, vio al grupo de visitantes con el que había accedido a la casa: estaban en la entrada, y platicaban animados. También vio a Paul hablando despreocupado con el guía.

Sophia comenzó a gritar mientras golpeaba los cristales con ambos puños, pero nadie parecía oírla. El grupo comenzó a salir, despacio, de forma ordenada. Cuando ya no quedaba nadie dentro, el guía, que había quedado el último, dio un rápido vistazo ajeno a lo que estaba pasando en el interior del corredor; apagó la luz, y se aseguró de que la puerta quedara bien cerrada.