La otra cara

Angélica Moreno

Comenzaba un día de otoño desapacible y frío para los hermanos que, agotados por desempeñar las tareas que su padre y su madrastra le habían impuesto, quedaron rendidos junto al calor de una fogata en el bosque. Al despertar y descubrir el abandono, intentaron regresar a su hogar mediante un rastro de migajas que Hansel había dejado nada más haber salido de la casa aquella mañana. Dicha idea le vino a la mente la misma madrugada en que había escuchado el plan que había urdido la madrastra para dejarlos desamparados. Fue inútil, pues los pajarillos del lugar se dieron un festín con estas.

Desorientados, hambrientos y con miedo, finalmente les cayó la noche. El bosque se impuso tenebroso, con siluetas que la luna llena proporcionaba  a la imaginación de la pequeña Gretel. Creía ver brujas por cualquier parte. Miles de hojas secas crujían bajos sus pies, haciendo sentir que los seguían otros pasos.  Rendidos, se sentaron al pie de un árbol. Hansel abrazaba a Gretel e intentaba calmar sus temblores, que se incrementaron en el cuerpo de ambos cuando ante ellos apareció una silueta de alguien que se les acercaba. 

La silueta se agachó, y quedó a la altura de ambos, llorosos e intimidados. Gracias a la luz que la luna les brindaba, pudieron ver un rostro hermoso de una mujer no muy mayor que lo que era su padre. Les sonreía de manera afable. Un vestido largo y oscuro cubría el cuerpo de aquella desconocida, con un cabello tan extenso que no lograban ver el final. 

—¿Os habéis perdido, pequeños? —La mujer intentó acariciar a la niña, pero Hansel, de un manotazo, la apartó.

—No la toques, o te las verás conmigo. Eres una bruja, ¿verdad? No… ¡no te tengo miedo! ─Se hizo el valiente para proteger lo único que tenía. La mujer, con una risa de complicidad, negaba con la cabeza.

—Sigues siendo tan intrépido como recuerdo. No os haré nada: tan solo intento ayudar. Estáis en lo más profundo del bosque. ¿Qué hacéis aquí? ¿Dónde está vuestro padre?

─Vendrá enseguida —mintió el chiquillo para hacerle creer que no estaban solos—. Nos ha pedido que esperemos aquí. 

—Podéis esperarlo en mi cabaña: tengo chimenea y comida caliente. 

—¡No! ¡Eres una bruja y nos quieres comer! —Hansel quería levantarse, pero del miedo las piernas le flaqueaban, y lo único que hacía era esconder a Gretel bajo su regazo, deseando que la mujer se marchara del lugar.

—Sí, soy bruja. Pero no voy a comeros. No soy una mala persona, como os han hecho creer. De ser así, ¿no os habría comido ya?

—Y… ¿por qué solo sales de noche? —preguntó en un susurro Gretel, dejando asomar sus ojillos.

—Hace un tiempo, los hombres descubrieron que algunas mujeres poseíamos un don. Fue tal su impotencia el saber que ellos no lo podían tener que creerse inferior a nosotras hizo que nos echaran al bosque a medida que nos iban descubriendo. Era una desvergüenza que el hombre de la casa no fuese nada, a comparación de nosotras. —La mujer se sentó frente a ellos para intentar darles confianza. Observaba cómo se iban relajando a medida que escuchaban—. Si salimos por la noche, es para intentar recoger alimentos, plantas para hacer nuestras pócimas, leña, y todo lo necesario para sobrevivir. Si algún hombre nos ve durante el sol, nos arrebatará la vida sin piedad alguna. Según ellos, nos darán caza como si fuésemos un animal.

—Entonces, ¿no nos vas a comer? —volvió a preguntar Gretel, algo más confiada que su hermano. 

—No pequeña, es más, ¿soy más mala yo, o vuestra madrastra al abandonaros?

—¿Cómo sabes eso? ─preguntó asqueado Hansel.

—¡Es bruja, bobo! ─espetó su hermana, lo que provocó unas sonoras carcajadas.

Tras un par de preguntas más, fueron guiados hasta el hogar de la mujer, donde no les volvió a faltar de nada. Aquella bruja sonreía con desdicha tras haberse reencontrado con sus pequeños nuevamente. Jamás se arrepintió de usar aquel brebaje para hacer desaparecer la enfermedad de Hansel años atrás.