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La naturaleza del dragón | Pablo Boada

La naturaleza del dragón | Pablo Boada

Día 356

Hoy han vuelto a caer más bombas. Las alarmas nos avisaron de su llegada, como siempre. Iluminaron el cielo, creando con su resplandor sombras alargadas en los escombros del día anterior. De nuevo han arrasado otro frágil objetivo, del que brotaron gritos y silencios: gritos de quien ya no podrá abrazar, silencios de quien nunca más será abrazado.

Refugiado en un sótano, escribo mientras escucho cómo se aleja el acompasado ritmo de una fiesta a la que no tengo la valentía de asistir. Por esa falta de coraje, he abrazado a mis hijos con fuerza, escondido bajo tierra, tras estas palabras y tras la sonrisa de mi mujer, que se alegra de mi cobardía. Esa maldita cobardía que me mantiene a su lado, enterrado como un gusano.

Día 357

¡Corre! Gritamos todos, como si al hacerlo nuestros movimientos fueran más veloces. Bajamos las escaleras, cerramos la puerta y, en un rincón, escuchamos de nuevo la banda sonora de nuestras vidas. La guerra toca de nuevo las notas de su sinfonía: más luces, más estruendos, más remordimientos. No estoy donde debería estar; hace tiempo que la muerte me llama a sus filas, y yo sigo sin responder.

Dejamos pasar los aviones, los misiles, las balas… el ruido. Y, una vez más, el silencio. Cada uno busca una ocupación bajo tierra, tal vez tratando de olvidar que no somos más que el decorado de aquellos que, desde un despacho, juegan a la guerra. En esta oscura espera, mi ocupación es escribir. Estas palabras y aquellos que me miran con miedo son lo único que quedará cuando me marche hacia aquello que anhelo. Ellas serán mi despedida; los que las lean, mi único recuerdo tangible.

Día 358

Maldita sea… No tuvimos tiempo. Jugaban en la calle. Era de día, el sol radiante, el cielo azul, y no hubo alarma de aviso. De repente, como una tormenta de verano, las bombas volvieron. Uno de mis hijos ha muerto. Mientras los demás se escondían bajo tierra, yo gritaba al cielo, “¡Malditos!”, como si las bombas pudieran escuchar el desgarrarse de mi alma bajo mi cuerpo.

Malditos los que dirigieron el ataque, malditos los que no pudieron repelerlo, malditos todos ellos. Ya no me consuelan las palabras, ni los abrazos de los que aún me quedan en este infierno. Tampoco calma mi rabia ser el pañuelo de la mujer que, como yo, ha perdido a su hijo. Nada nos lo devolverá, pero quizás ser un soldado de la muerte sea para mí, un pobre consuelo. Escribiré mi despedida y esta misma noche me marcharé.

Día 368

Rutina, monotonía. ¿Cómo es posible que la guerra se convierta en una forma de vida? Leo mis propias palabras y me sorprenden, porque se parecen a las suyas. Yo era la mujer que se alegraba de su cobardía, no lo niego. Eso me permitía mantener a mi familia unida y a salvo, o eso creía. Ahora soy yo quien continúa escribiendo este diario, quizás con la esperanza de que vuelva mi hijo, mi marido, mi vida. Hace 10 días que encontré su carta de despedida. Sé que no volverá. Tampoco lo hará mi hijo. Yo debo seguir refugiándome, tengo que hacerlo por los dos hijos que aún están a mi lado. A ellos no los pienso perder. No lo permitiré.

Hoy he desdoblado de nuevo su carta de despedida y he decidido leerla también a mis hijos. Lo he hecho con la esperanza de que sus palabras tengan el poder de hacerles entender esta maldita guerra de la que somos prisioneros, para que sepan que esperar es lo único que pueden hacer hasta que tengan el poder de cambiar el mundo.

“Un dragón malvado conquistó hace tiempo nuestros cielos, pero no es su culpa quemarlo todo con su fuego; está en su naturaleza hacer lo que cree correcto.
Yo seré el intrépido guerrero que intentará vencerlo, y aunque él posea una inmortalidad que yo no tengo, intentaré ocultarlo por un tiempo. Esa es también mi naturaleza.
En el futuro, incluso si no logro vencerlo, no deberéis culpar al dragón por ello. Simplemente tendréis que evitar que siga quemando con su fuego nuestro cielo; al menos durante un tiempo. A ese periodo lo llamaréis paz.
Ahora debo marcharme a intentar conseguir esa palabra de tres letras que, tarde o temprano, lograremos. No me culpéis por ello.
Cuidar de vuestra madre como ella lo hará con vosotros y esperad el día en que podáis levantar la gran espada de hierro, para conseguir la paz

Día 369

Hoy han vuelto a caer más bombas…

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