La cresta de la ola | Verónica Sancho
Le conocí en la facultad de Filosofía y Letras. Nunca cursamos estudios superiores, pero íbamos a las recurrentes fiestas que se celebraban. Nos tirábamos en el césped a beber cerveza y reír. Me lo presentó mi amiga Nuria y lo que en principio hubiese catalogado como un simple gag de borrachuza, terminó siendo algo premonitorio: «Te va´ncantar esste tíoo, te veo con él, hip, te veo».
Ismael. La mirada más bonita que decidió mirarme, los ojos dulces con una ligera caída, como un mastín napolitano. La sonrisa amplia que dejaba ver sin timidez un diente mellado con un pico roto, un trocito ausente encantador, un diminuto acceso a su boca. Desprendía además ese aire algo impostado de veinteañero bohemio. Quería ser artista, así, en toda su amplitud, dibujante, fotógrafo, músico. Te observaba como si tus rasgos fuesen óleo o partitura. Y en esos momentos, aunque intentabas disimular, era inevitable una caída lenta de párpados y una pequeña sonrisa. Son los años en los que la vida es un videoclip musical.
Empezamos a quedar en grupo, aunque a menudo nos escapábamos a solas. Hablábamos por teléfono. Yo le narraba algún párrafo interesante del libro que estuviese leyendo y él me describía la próxima foto que tenía en mente hacer. O su próxima canción. Nos lanzábamos indirectas pícaras unas veces o abiertamente pornográficas otras.
Luego llegó el primer beso. Después el sexo, el perfecto, el bukowskiano, el del descubrimiento. Y, por fin, la exclusividad para hacer retratos de una mujer desnuda. «Voy a llamar a estos dibujos: la serie monógama», decía abrazándome.
Y así, con arte, música, lecturas, conversaciones eternas y sexo, nos enamoramos hasta los glóbulos rojos.
Y llegó el día en el que pasamos de ser dos a ser seis. El amor y los padres. Nunca forzamos la situación con una cena formal, sólo nos íbamos encontrando con unos u otros al esperarnos en el portal o tomando algún vino a la hora del vermut. Mi madre le quería, para la suya yo era poca cosa, me agarraba del brazo y me decía: «Cuida a mi niño, ¡ehhh!, cuídaloooo», y se le deslizaban las gafas a la punta de la nariz en un intento de huida infructuoso porque, enseguida, una garra larga y acusadora las colocaban en su sitio para después dar dos toquecitos al aire advirtiéndome.
Aprovechábamos las salidas de mis padres para pasar alguna tarde en mi casa juntos, solos, inventando recetas insalubres, enredando nuestra piel o viendo la tele en el sofá, en silencio cómodo.
Nos incorporamos al mundo laboral. Conservamos el viejo grupo de amigos.
Y así, pasamos de los veinte a los treinta. Con castillos en el aire. Sin convivencia. Sin territorio propio, demasiados hoteles. Sin adultez. Eso pensaba yo entonces, cuando el cerebro anula las vísceras y olvida todo lo que sientes. Necesitas avanzar porque parece que el resto del mundo gira y tú permaneces en una plataforma inamovible.
Fue en esa época (y por ese motivo) cuando sucedió el amoricidio en primer grado.
Quedó destrozado, irrecuperable. Al principio, creí que un amor tan profundo no podía ser mortal, así que me puse manos a la obra con movimientos de primeros auxilios, con besos en busca de aire y abrazos como ungüentos. Agitándome en mis noches solitarias cuando lloraba rogando al amor que no me abandonase.
Pero no lo conseguí.
Ya no le quería.
No se interpuso nadie. Ni padres, ni mujeres, ni acreedores de hipoteca. Solo intervino mi cabeza.
Después, llegó su ausencia espesa y pegajosa, pero ya sin remedio. Me he arrepentido siempre de abandonarle. Me habría dado toda la vida la cresta de la ola; tras él, solo he tenido seres de espuma, que me dejan en la orilla porque no tienen la fuerza de arrancarme mar adentro a exprimir la existencia.
A veces, se me escapa alguna anécdota de las que viví con él y reconozco en las miradas de quien me escucha la compasión que se siente ante el patetismo.
—Le recuerdas porque no has conseguido rehacer tu vida —argumentan.
—No he conseguido rehacer mi vida porque le recuerdo —concluyo.
Un amigo me decía que, si se pierde un amor de los de verdad, la cresta de la ola, aparece otro veinte años después.
Me mintió.
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