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Junta | Ana Patricia Martínez

Junta | Ana Patricia Martínez

Voy manejando un Uber, es sábado después del atardecer. Día atareado en que gente sube y baja. Algunos me causan curiosidad, otros me aburren. Caras que no volveré a ver. Solamente son viajes para llenar mi cuota.

Sólo converso con los que inician una plática. No con los que van inmersos en sus pensamientos quizás felices, quizás preocupaciones. Se suben familiares, amigos o parejas. Disfruto imaginar historias sobre sus vidas.

La última es una guapa mujer de lindas piernas que conversa con alguien en su celular…

–Juanjo, estoy a punto de entrar a la junta. Durará como dos horas y no me permiten usar el teléfono. Al terminar te llamo, besos—escuché que decía.

 

El viaje marcaba como destino un motel conocido por sus servicios de sex shop y suites candentes.

Después de dejarla decidí parar a comprar un café en la esquina. Al estacionarme sonó un celular y así me di cuenta de que lo había olvidado la pasajera. Normalmente regreso al domicilio dónde dejé al cliente, pero esta vez sería casi imposible localizarla entre tantos cuartos.

Sonó de nuevo y dudé en contestar pues no quería causarle problemas con su pareja, pero quizás sería la única forma de contactarla para devolverle su teléfono. Alcancé a ver que decía Juanjo.

Pensé: “Debe ser algo urgente porque ha marcado dos veces siendo que estaba advertido de la “junta”. ¿Qué hago?  Y decido esperar a que la pasajera lo reclame por medio de la aplicación.

Subo al coche y estoy a punto de saborear mi café cuando de nuevo Juanjo llama con insistencia. No puedo más y respondo:

–Hola, perdone que conteste este celular olvidado en mi auto—musito un tanto nervioso.

–¿Auto? Margarita me llamó de su oficina hace unos minutos, no entiendo—dijo él.

–Me urge hablar con ella pues nuestro hijo acaba de tener un fuerte accidente en su bicicleta y vamos camino al hospital ¿me puede ayudar? – suplica el hombre nervioso.

–Lo intentaré, llame en diez minutos a ver si la localizo—me aventuro a decir.

Así es que heme aquí tocando puerta por puerta del motel y casi gritando:

–Margarita, tu hijo se accidentó– sin recibir respuesta tras las puertas cerradas e imagino la extrañeza que mis palabras causan en las parejas que se ven interrumpidas. ¡Qué pena! Me sonrojo y continúo.

Es una situación kafkiana, le doy una propina al encargado para que no me saque y me ayude a tocar puertas. A él le divierte y me dice que la propina le cae de perlas.

De pronto, una de ellas se abre y sale mi pasajera toda despeinada y abrochando su blusa mientras me pide que la lleve al hospital.

Un hombre en paños menores se queda en el cuarto sorprendido y le reclama:

–No sabía que eras casada y con hijo—

Le entrego el artefacto y mientras corremos hacia el coche ella llama a su marido y consigue la dirección.

Manejo a toda velocidad sintiendo la angustia de la mujer.

Ella se baja y nunca sabré cuál fue el desenlace, qué explicación le dio a su pareja ni si el hijo se recuperará.

Me complace saber que hice lo correcto y espero que todo salga bien.

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