Indefensa

Ana P. Martínez

Siento un viento frío cada vez que alguien entra a la sala de la casa. Y aunque casi no hiciste ruido al abrir la puerta, noto que no me saludas y permanezco quieta para reconocer los pasos y hacia donde se dirigen. Pasas sigiloso frente a mí sin saber que hasta tu loción te delata. 

Presiento que tramas algo malo y mi corazón late tan fuerte que temo que lo oigas, aún sobre la música. 

Son las ocho de la noche y seguro pensaste que era un buen día para apoderarte del cuadro de Diego Rivera que adorna el despacho de tu padrino, mi padre. Tan metido estás en tus adicciones, que no has reparado en la sensibilidad que he desarrollado en los seis años que llevo ciega. Me menosprecias y nunca te has preocupado por mí.

Qué poco te importa el cariño y los cuidados que te dio mi familia en tu niñez, ahora solamente te apareces para pedir dinero. Pero tus deudas son tantas que planeaste un gran golpe en el día que sabes que estoy sola escuchando rock progresivo, como de costumbre. 

Imagino que esperaste a que salieran todos y usaste tu llave para entrar. Solo tenías que pasar con cuidado frente a mí, subir la escalinata y descolgar la obra tan preciada por nosotros. Pensaste que ni cuenta me daría y, es más, si acaso lo hiciera no representaría ningún peligro por mi invalidez.

Así que, mientras lo hacías, me coloqué en un lugar estratégico. Esperando a que estuvieras en la cima de la escalinata. Pude percibir claramente tus pasos y, en ese momento exacto: apagué las luces.

En la oscuridad tengo todas las de ganar, estás perdido. Has caído rodando por las escaleras, soltando el cuadro y dando un tremendo grito.

Ahora suplicas mi clemencia, ahí tirado, lastimado. Ya es muy tarde, he llamado a la policía y escucho las sirenas.

Tratas de levantarte y huir, pero no puedes, estás perdido.