Hasta el infinito y más allá | LeMo
Nos conocimos en el lugar menos romántico de la Tierra: el local del vertedero de la urbanización. Eran las once de la noche y, la verdad, no esperaba encontrarme con nadie. Había cogido los cartones de mi última compra, la bolsita del cubo del cuarto de baño y la basura de la cocina. Bajé de casa con las dos manos llenas y con mi teléfono en mi oreja izquierda; un verdadero cuadro que admirar mientras intentaba abrir la puerta con el codo y empujaba con mi trasero. Ánder, mientras tanto, abría la puerta. La gravedad me llevó de culo al suelo: caí encima de sus pies. Los cartones volaron por lo alto, seguido de las dos bolsas de basura. Una de estas (la del baño) aterrizó en su cara y, como la bolsa era de reciclaje y más fina que un preservativo, explotó en mil añicos. En el suelo quedaron esparcidas las pruebas de mi último período, de mi último ligue fructuoso y de uno que otro rollito de papel higiénico acabado. Para colmo, en los cartones podían verse las fotos de mis diversos gadgets; soy probadora de servicio de calidad de productos “estimulantes femeninos”, de todos los tamaños, formas y colores. Los ojos de Ánder no sabían dónde posarse; iban de mis ojos a los tampones, de mis ojos al “rabbit rosa”, y volvían a los míos.
De su boca salió un ínfimo sonido indescriptible, seguido de una estruendosa y contagiosa carcajada.
—¿Estás bien?, ¡ja, ja!
—¡No lo sé!, ¡ja, ja! Me muerooooo de vergüenza; no me mires, por favor —respondí con los ojos tapados por mis manos.
—No seas tonta, déjame que te ayude a levantarte; ha sido por mi culpa.
Dejé de intentar esconderme detrás de mis minúsculas manos y se las tendí. Me levantó con tanta fuerza que aterricé en sus brazos y nos chocamos la frente. Todos los acontecimientos de este encuentro nos mandaban las señales de que esto no estaba empezando bien.
Recogimos el desastre del suelo entre risas y explicaciones. Me acompañó a mi piso y, después de habernos lavado las manos, le ofrecí una cerveza. Pasamos la noche hablando, bebiendo y picando los restos de mi nevera. Las semanas que siguieron a este encuentro fueron increíbles; nuestra conexión era tal que al de dos meses se mudó conmigo.
Nos casamos en unos años y en nuestra boda, cómo no, les contamos nuestro encuentro a todos los presentes. La vida seguía su curso ideal; ambos conseguimos ascender en nuestros puestos de trabajo. Nos queríamos como el primer día. Viajábamos, no nos perdíamos a ninguno de nuestros cómicos favoritos (el humor era nuestro motor), teníamos una vida social impecable y no teníamos hijos. No podíamos, lo que no nos impedía seguir comiéndonos la vida con ganas.
Nuestro modus operandi: la risa y la música. Hasta que llegó un fatídico día, y fue la vida la que se lo comió. Me lo robó sin prevenir, en un estúpido atropello, yendo a comprar el pan.
El dolor que siente uno cuando pierde al amor de su vida es indescriptible. Tienes que buscar el sentido a todo y, sobre todo; debes tener muy claro que es lo que vas a hacer de tu vida a partir de ese minuto: tu existencia sin él. Organizar esa despedida en los días que siguen al drama, cuando en realidad, lo único que eres capaz de hacer es respirar, cuando lo único que quieres hacer es desaparecer; ser absorbida por el colchón, cerrar los ojos y esperar que todo haya sido una pesadilla es lo más injusto del duelo.
Han pasado tres días y todo está listo para el funeral. Mientras estaba absorta, con mi cabeza hundida en la almohada, he pensado en el mejor homenaje:
En la entrada de la iglesia la fanfarria del pueblo le dará la bienvenida, mis amigos repartirán unos panfletos con las instrucciones del día (vestidos de indumentarias multicolores), el féretro estará cubierto de post–its escritos con frases de cada uno de los presentes; nada de velitas. Pero, sobre todo, estará prohibido llorar porque quiero que Ánder se vaya como en nuestro primer día:
CON HUMOR.
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