HACKers

Darwin Redelico

_ ¡Pero que vieja estúpida por Dios! ¡No lo puedo creer!

_ ¿Cómo iba a saber, mi vida?

_ Pero mamá, escuchá. ¿Cuántas veces te dijimos que no des las contraseñas?

_ El correo venia del banco, decía que me iban a cerrar la cuenta.

_ ¡Vieja imbécil! Preguntá antes de hacer nada. ¡Carajo!

_ Perdoname. ¿Se lo vas a contar a tu esposa?

_ ¿Para qué? ¿Para que se entere que está casada con el hijo de una vieja pelotuda? Te vaciaron la cuenta, la puta madre. Mirá que sos idiota.

_ Te prometo que no lo vuelvo a hacer, perdoname.

_ De eso estoy seguro. ¡No lo puedo creer! Te voy a buscar un lugar para internarte.

Aunque no lo supieran, no estaban solos. Alguien los escuchaba. El o la hacker, no contento con haber obtenido las claves de las cuentas bancarias, le llenó de troyanos el computador, el móvil y hasta el televisor inteligente.

Desde éste último podía ver y oír todo lo que ocurría. Al inicio fue la ambición de querer más. Después fue una suerte de curiosidad sobre la vida de Carmela. Tras la violenta discusión, cierta dosis de culpa.

La siguió acompañando. Durante horas, luego durante días. 

Indagó entre sus archivos, hurgó sus correos. Intervino sus llamadas telefónicas y mensajería. Espió sus otras cuentas bancarias, su salud, sus vínculos y sus rutinas.

Carmela no solo vivía sola, se sentía sola. Había heredado una importante al enviudar. Sus dos hijos vivían del reparto anticipado de la herencia. La mayoría de las llamadas eran para el reproche o el chantaje emocional. 

Y también supo que la salud de la anciana se deterioraba. Los exámenes profetizaban el advenimiento del Alzheimer.

Un día cualquiera se conecta a sus dispositivos. A través de la cámara de la televisión accede a la habitación principal. Y no está ella. Sin embargo, se asusta al ver humo que viene de otra contigua, tal vez de la cocina. Rastrea a Carmela a través de sus dispositivos. El móvil está apagado. La busca en el computador y allí estaba, ajena a todo buscando recetas.

Necesita llamar su atención y decide intervenir su televisión, le sube el volumen. Hasta el máximo. De modo que Carmela se extrañó y fue a la habitación principal para ver que sucedía. Al cruzar el pasillo advierte el humo que procedía de una caldera que había olvidado en el fuego. 

Le intervino los correos para que no leyera algunos maliciosos. Le ayudó, sin que nunca lo entendiera, a buscar citas médicas. A hacer los pedidos al súper. En la pantalla aparecían misteriosamente recordatorios de los medicamentos. Hasta se hizo pasar por una prima que vivía en el extranjero y le escribía a diario interesándose por ella.

Pasaron los meses. Un día el hacker entró más tarde de lo habitual. Ella no aparecía en ninguno de los dispositivos. Aguardó un par de horas, nunca se había ausentado tanto. Comenzó a descontrolarle los electrodomésticos, pero no hubo respuesta.

Finalmente llegó la policía. Una llamada anónima los había alertado. El hacker pudo oír como golpeaban la puerta y nadie atendía. Se asomaron por la ventana. No había movimientos. Llamaron al teléfono, nadie atendió. Adivinando que se iban, el hacker cargó de apuro una película bélica en el computador, y subió el volumen al máximo. Al oír los “disparos” los policías forzaron la puerta y tras revisar la casa encontraron a la anciana en estado inconsciente en el piso del baño.

La anciana no volvería a su casa. Por las escuchas del móvil el hacker supo que había sobrevivido a un síncope. El golpe en la cabeza le dejó secuelas. La precisa intervención de la policía le salvó la vida. Se quedaría para siempre en un residencial. El ángel de la guarda tenía un reemplazo y antes de despedirse decidió cometer un último hackeo.

Al otro día, Carmela recibió una llamada del banco. Inexplicablemente, el dinero desaparecido había vuelto a su cuenta.