Frustración | Graciela Figueroa
Diciembre, temporada navideña donde casi cualquier niña como yo, se siente la más feliz del mundo. Sin embargo, hubo una diferente.
Yo tenía apenas diez años, pero el recuerdo de aquella cena del 24 de diciembre se grabó a fuego en mi memoria. Mi padre, el hombre más fuerte y seguro, que siempre había sido mi roca, mi héroe, se desplomó en la silla, sacudido por sollozos incontrolables. Sus lágrimas caían como lluvia sobre la mesa, y su voz, normalmente firme, se quebraba en un lamento desesperado: “Soy un hombre inútil y viejo”, repetía, “nadie me quiere dar trabajo porque tengo más de cuarenta años”. La pérdida de su empleo meses atrás, había sido un duro golpe.
Yo me quedé paralizada, con los ojos abiertos de par en par, incapaz de comprender cómo el hombre que siempre había sido mi pilar podía estar desmoronándose de esa manera. Las lágrimas me escurrían sin parar, y la comida se me atragantaba. Nunca había visto a mi padre llorar, la imagen de su vulnerabilidad me sacudió hasta lo más profundo de mi ser. En mi mente de niña, los hombres eran los fuertes, los que nunca lloraban, los que siempre tenían la solución. Pero en ese momento, mi padre me mostró que incluso los más fuertes pueden quebrarse bajo el peso de la desesperanza y frustración.
De repente, la cena se convirtió en un escenario de pánico y desesperación. La cabeza de mi padre cayó sobre la mesa, el sonido seco resonó en el silencio de la habitación. Mi madre se levantó de un salto, alarmada, y trató de reanimarlo, pero él no respondió. La angustia se apoderó de nosotros, y el tiempo parecía detenerse.
Entonces, mi madre corrió en busca de un vecino que era paramédico. Él después de evaluar sus signos vitales, lo recostó en el suelo y comenzó a darle masajes cardiacos. Los minutos se estiraban como horas mientras él trataba de salvar la vida de mi padre.
Finalmente, después de varios intentos, el paramédico movió la cabeza, y miró fijamente a mi madre con una expresión de tristeza y compasión. Sus palabras sonaron como un taladro que traspasó su corazón. “Lo siento mucho, señora… su esposo tuvo un paro cardiorrespiratorio”. El mundo se derrumbó a nuestro alrededor, y la realidad se impuso con crudeza.
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