Mirtha Briñez

Fragmentos

Un hombre y una niña, tomados de la mano, lloran frente a una fosa. Los acompañantes al entierro se despiden, la niña no habla, según el hombre, ha enmudecido de repente. Días después, acuden al médico puesto que la chiquita permanece muda y con la mirada perdida. El galeno le recomienda asistencia psicológica. 

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Pasados ocho años una joven sale corriendo del bosque; un conductor frena de repente. La joven está desnuda y cubierta de sangre. El chofer llama a Emergencias. La chica no está herida, pero luce desorientada, no habla. La ambulancia la lleva al hospital. El informe forense concluye: “Maltrato recurrente de larga data, violencia sexual y signos de un parto reciente.  También evidencias de haber estado atada y privada de luz solar. Las muestras de la sangre que la cubrían pertenecían a un hombre, sin parentesco con la víctima”. 

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Meses después, en un asilo para enfermos mentales, una joven, mira fijamente hacia el bosque; mientras las lágrimas corren por su rostro, se mece y murmura… “Mi bebé, mi bebé”.

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Ocho años atrás, un desconocido compra una apartada granja donde cultiva girasoles. Los vecinos del poblado murmuran a su espalda. Es misterioso y reservado. De vez en cuando, va al pueblo a hacer mercado, compra alimento para los animales y siempre come en el mismo lugar. Cada quince días asiste a los oficios religiosos. 

El comisario comenta que es un hombre limpio y en extremo ordenado; en su recorrido por los alrededores, lo ha visitado. La casa, el granero, el huerto y los corrales están impecables.  Se autoabastece con lo que la granja produce. Es amable, pero poco conversador. Le comentó, que el jardín era en honor a su difunta esposa, ella murió embarazada

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La policía que investiga el caso no tiene pistas; no hay en los alrededores denuncias de jóvenes desaparecidas. Buscan rastros en el bosque sin resultado. El viejo comisario interroga a los granjeros; nadie tiene nada que aportar para resolver el caso, pero una mujer comenta que no han visto al hombre de los girasoles en la iglesia. El policía aclara que vive solo. De todos modos, irá a interrogarlo. 

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Los perros han encontrado algo en el jardín, excavan… encuentran restos de un feto. Acordonan la zona, continúan cavando y encuentran otros restos de pequeños (uno al parecer reciente). A la entrada del granero, huellas impregnadas de sangre seca, al empujar la puerta… un olor mortecino y una nube de moscas les dan la bienvenida. Animales muertos, cerca de una trampilla… restos humanos con un hacha clavada en el cráneo.

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La niña sentada a horcajadas sobre el hombre en la mecedora, se ríe, la madre los reprende y ordena a la pequeña ir a la cama; es hora de dormir. Él la besa en la frente, se despide. Cierra la puerta, la mujer riñe al marido, mientras bajan por las escaleras. Él la empuja, cae aparatosamente, ella no se mueve. Unos ojos inocentes observan.