Exhibit B | Lil Fernández
Tenían apenas un año viviendo en Londres. Sharon había leído críticas sobre Exhibit B en The Independent. No concebía cómo Leroy quiso participar en dicho espectáculo. Meses atrás, ambos habían visitado La Torre de Londres, donde, en el siglo XIX, se había presentado un zoológico humano que exhibía a personas de Sudán enjauladas como “salvajes” o “primitivos”. Ellos no tenían opción, los forzaban, pero en el caso de Leroy, él mismo acudió a la audición de la famosa exhibición viviente.
Se trataba de un recorrido de tan solo 20 minutos que mostraba 12 retratos vivos. Sharon no quería ir a ver a su hijo, pero Leroy insistió.
Primero pasó por “La familia africana”. Espero que Leroy no esté casi desnudo como ellos. Trató de no verlos directamente porque la mirada del hombre y la mujer era retadora. En cambio, la pareja de rubios que caminaban frente a ella, los miraron con detenimiento. Creo que nada ha cambiado. Esto, no deja de ser otro espectáculo de un blanco, exhibiendo negros. Bueno, al menos a Leroy le pagan bien.
Avanzó hasta llegar a “El caníbal”, que representaba uno de los pretextos de los imperialistas para justificar la colonización. Luego, pasó frente a un trabajador africano y un esclavo. Cada uno tenía su etiqueta con un número que los identificaba como si fuesen objetos. Todos con los rostros erguidos y las miradas fijas de odio contenido que parecían cortar el aire.
Sharon no pudo evitar detenerse ante la mujer con grilletes quien, de espaldas, la miraba desde el reflejo de un espejo en la pared. Le vino a la mente la novela “Beloved” de Toni Morrison que había leído el año pasado.
Pasó de largo las demás instalaciones hasta la última, donde al fin, lo encontró. Sobre una tarima estaba una fila de asientos de avión donde Leroy estaba sentado en una actitud derrotada y tenía sobre los labios una cinta blanca que le impedía hablar. Se trataba de “El exilio”.
Cuando Sharon lo miró, Leroy reaccionó. No debía moverse, su performance consistía en recrear la lucha interna por la diáspora, las memorias de su casa natal y la angustia del desarraigo. Debía simular una mirada perdida en el horizonte, que mostrara su desconexión, pero al ver ahí a su madre, tuvo que cerrar los ojos por unos segundos. Sharon se acercó y extendió su brazo, quería tocarlo, pero su hijo era una pieza de un museo, y las obras no se tocan. Retrocedió cinco pasos. Junto a ella, un grupo de jóvenes: dos chicos orientales, una chica pelirroja y dos latinas, leían la
explicación sobre la desconexión que sienten las personas desplazadas por la esclavitud y la opresión colonial.
El grupo se colocó frente a Leroy, quien no pudo evitar que las lágrimas fluyeran al mirar a su madre. Modificó su postura. Subió sus piernas al asiento y las abrazó. Sharon movió la cabeza de un lado a otro y sus labios se abrieron diciendo un “no” mudo. Leroy se sintió avergonzado y ocultó su rostro entre sus brazos.
Sharon subió a la tarima y se sentó en el asiento contiguo. Leroy recargó su cabeza sobre las piernas de su madre quien también lloraba mientras lo acariciaba como si fuese un niño.
Un numeroso público se reunió frente a esa instalación, algunos empezaron a sollozar, otros simplemente se cubrían la boca para contener la emoción.
Llegaron dos guardias de seguridad porque “alguien del público estaba alterando la dinámica de la actuación”, así que, de manera respetuosa, se dirigieron a Sharon y le pidieron que bajara. Ella no los escuchó, siguió abrazando a su hijo. Entonces uno de los guardias subió, la tomó del brazo y la intentó halar. Leroy retuvo
con fuerza a su madre. Los guardias, desconcertados, se alejaron y empezaron a hacer llamadas.
Minutos después, acudió el director de la exhibición, Brett Bailey, quien se quedó en silencio viendo la escena. Ahora Sharon y Leroy se miraban fijamente. Ella le despegó la cinta de la boca y él la besó en la frente. Ambos se levantaron, abandonaron el performance y, tomados de la mano, caminaron hacia la salida.
Últimos relatos







