Ana Efigenia

Eufemio

Debajo de una tela de cuadros de colores marrones oscuros y claros hilada con forma de boina, algo roída y deshilachada en la parte de la visera y en la zona de la nuca, estás tú. Llevas una camiseta que ha vestido cinco cuerpos, desgastada en los puños y en el cuello por las idas y venidas. Es de un color rojo nacarado, al que los lavados le han hecho estragos. Prende muy bien sobre ti: te favorece. La última etiqueta superpuesta que luce la camiseta descifra tu número: eres el 1909-2. Suelen encenderse tus mejillas a media mañana; el día que vistes la camiseta nacarada que heredaste, te ves encantador. 

Detrás de unos cristales opacos a causa de la suciedad que los emborrona, estás tú. Con unos bordes metálicos color plateado que han cogido con el tiempo un tono grisáceo. Cuando algún alma cándida se digna a limpiártelos (por enésima vez), podemos ver los ojos azules tan tiernos que tienes. “¡Niña! —sueles decir—: Ven, ven, ¡bonica!, que no veo naaa”. Cuando comes, siempre acabas con las manos llenas de puré. Después, el puré acaba en tu nariz, en tus gafas, en tu pelo… Es normal no ver. Te gusta relamer el plato hasta dejarlo impoluto. Como si te hiciese falta mendigar un mendrugo, nos miras y nos tiras un beso implorando más. Vuelves a relamer el segundo plato de puré, lamentando no poder comer el de tu compañero de mesa, al que le sonríes socarrón.  

Dentro de una chaqueta gruesa y oscura de lana llena de agujeros, estás tú. Agujeros zurcidos. De hilos de colores que han hilvanado otras vidas. La tuya está atrapada dentro, abandonada como si ya no tuviera valía. En los bolsillos guardas tus pañuelos de tela, con una E bordada en color burdeos. Siempre te los lavamos a mano: no quieres que se pierda lo único que te queda de tu autoría. 

Los martes esperas visita, siempre impoluto con la boina derecha, las gafas relucientes, la camisa menos rota, la chaqueta de los domingos, los calcetines del mismo color, los pantalones con cremallera y los zapatos sin rozaduras. Tieso como una vela sobre tus piernas metálicas con ruedas, esas que no andan solas y que empujan tus deseos de los martes cuando se convierten en miércoles. Sigues esperando cada semana a que la magia regrese, a que piensen en ti como tú piensas en ellos, en compartir un pedacito de miel en vez de hiel. 

“¡Niña! —dices —: Llévame, ¡bonica!, llévame”. Y sabemos que te vas a echar la mano a la entrepierna y a enseñarnos tus mellas para seducirnos. La realidad es que dependes de nuestra voluntad y, cuando nos sonríes cada día, nos vuelves a enamorar. Allá va el séquito a pelear por ayudarte; chocamos hombro con hombro hasta que algún combatiente gana y agarra fuerte de donde empujarte. Glorioso de satisfacción, sueltas tu perfecta carcajada y avanzas victorioso al trono de las miserias, a descargar tu pesar. 

No quieres acercarte a la tele, no quieres escuchar ni leer, no quieres jugar con los demás, no quieres socializar… Solo esperas los martes, ansioso como la primera semana que llegaste aquí, deseando que las vacaciones familiares se terminen y vuelvan a unirte a la familia. Hace de eso más de seis años, y aún te consuelas cada semana esperando la siguiente. Tendrán quehaceres…

La locura se apodera de ti cada cierto tiempo, tus ojos se oscurecen, tu apetito desaparece, duermes de día y lloras de noche, canturreas canciones de la niñez y nos llamas por nombres desconocidos. También te hemos visto rabioso, encolerizado, e incluso endemoniado. Pero no ha sido suficiente motivo para que las visitas se ofrezcan… solo simples infecciones que no han causado tu muerte.

Algunas veces rogamos que, cuando te despiertes en las noches, en el más allá, empujes tu silla de ruedas rechinante hasta doblegarlos a todos, envuelto en los harapos que te dejaron y en el penar que te causaron. “Muerte en vida” se llama al abandono.