Este no es un cuento

Sandy Manrique

Abres los ojos. El sol indolente te golpea la cara. Estás en medio de la mugre. Aquí las moscas son soberanas. Lloras, quizá por miedo, quizá por hambre, quizá por el excremento que te ensucia las nalgas, pero nadie viene a socorrerte.

 

Te dejaron en esta colina seca porque no supieron qué hacer contigo. A ti, pequeño, todo nuevo, sin memorias ni malicia. Estás aún viscoso y  lleno de sangre. Solo te cubre una sábana de hospital.

 

No hay  sombra de árbol que te proteja. Miras a todas partes. Pareces preguntarte qué pasará contigo. Sigues llorando, quieres que el mundo sepa que estás aquí, pero las ratas son  las únicas que parecen interesarse.

 

En solo media hora te has cubierto de un polvo fino, ese que solo se despega con un poco de agua. Un perro de extremidades delgadas como ramillas de árboles es el primero en venir en tu ayuda. Ladra y ladra mientras tú sigues gimoteando. De un momento a otro,  ya son dos luchando por tu vida.

 

En un rato más, nuevos perros  de la calle acompañan al primero. Todos ladran mientras te miran de lejos. Al unísono enloquecen a este rincón del planeta. Tus alaridos siguen, solo se interrumpen cuando te da hipo. No estás haciendo berrinche, eres un bebé aferrándose a la v ida.

 

Ahora llegan Eleuteria y su marido siguiendo el ruido de  la jauría. La mujer se mueve hasta la alcantarilla maloliente. Sobre una roca negra mira el bultito  forrado de índigo.

¡Un bebé! ¡Es un bebé!.

Ella  te coge  en sus brazos sin preocuparse  por los gérmenes ni el mal olor que despides. Ternura sale de sus ojos grandes. Tú de repente guardas silencio.

—¿Quién te hizo esto chiquito?  Pregunta  haciendo voz de bebé mientras te mece en sus brazos. Por instinto revisa que estés completo y cuando lo comprueba, sonríe.

Se sienta en una piedra redonda y blanca. Te acuna.

La miras con curiosidad, tú también sonríes por reflejo.

Te abraza firme y le dice al marido.

— Dios me lo ha mandado.

Sigues callado. No es que entiendas  lo que pasa, es que sientes la calidez del pecho de Eleuteria y sabes que tu vida ya no se terminará aquí: en la mierda.

—¿Qué haremos con él, vieja?

—Hay que alertar a la policía,  llevarlo al hospital…pobre chiquito.

—¿La policía? Esa bola de pendejos que no hacen nada.

—¿O nos lo quedamos?

—No, no, no ¿cómo se te ocurre?

—Fidel, es un bebé, el que no hemos podido tener.

—Nos meteríamos en problemas

Ella te mece en sus brazos y te mira embobada.

—Podemos decir que no los dejó una prima que se fue a trabajar a Estados Unidos, ya ves que eso es común.

—Pero no tenemos como mantenerlo.

—Donde comen dos, comen tres, cuál es el problema.

Fidel no dice nada.  Sabe que llevarte con ellos es la mejor decisión.

Tú observas a las dos personas  y sabes que estás seguro.