Espérame aquí | Roberto Vega
Vaya, parece el título de una película romántica. Reviso una vez más el mensaje; reverso y anverso. Solo dos palabras. Dos palabras escritas en media cuartilla colocada sobre el banco del parque en el que estoy sentada. Espérame aquí. Tiene gracia, tengo la sensación de estar en medio de un juego del tesoro.
La doblo. ¿A quién irá dirigido? Miro a mi alrededor. La tarde está soleada. Siento la bolsa con la compra a mí lado. La caligrafía. Me llama la atención la forma de la e mayúscula. El trazo es suave, elegante. Las tildes ligeramente curvadas, armoniosas. Fantaseo con la idea de sacar un bolígrafo, escribir algo y dejar el papel sobre la madera para que otra persona pueda continuar con el juego, pero no se me ocurre nada.
Veo pasar a una pareja, van cogidos de la mano y hablan en un tono que apenas puedo oír. Ella abre la boca sorprendida y él asiente con las cejas ligeramente arqueadas. Me gusta el suave balanceo de la uve que forman sus brazos. Llevan las camisetas del mismo color, pantalones cortos, deportivas a juego…
Al otro lado del estanque, la rama de un enorme abedul sirve de tobogán a un grupo de niñas con uniforme. Una tropieza y está a punto de mojarse los zapatos en la orilla repleta de hojas. Una mujer aparece, conversan, y la pequeña se va corriendo con el resto de sus compañeras.
Veo a un perro que se acerca a toda velocidad, llega a mi altura y continúa sin detenerse. Recoge una pelota del suelo y se la entrega a su dueña. Esta amaga un par de veces y se la lanza mientras sonríe.
No puedo dejar de mirarla, me gusta su sonrisa: es limpia.
Lo que más me agrada de las tardes en el parque es conocer gente. Las personas son historias, y me encantan las historias. Con el trozo de papel todavía entre las manos, siento que me gustaría conocerla, saber dónde trabaja, qué tipo de música escucha, o cómo se llama su perro. Pero no quiero parecer maleducada y asustarla.
Espérame aquí. ¿Y si se trata de un mensaje dirigido a ella? No, qué tontería, seguro que solo es una travesura de niños. Veo cómo se mueven las hojas de los setos, el perro reaparece con la pelota entre los dientes, y comienza a olfatear la bolsa con la compra. La veo acercase, toma la pelota de su boca y vuelve a lanzársela.
—Le gusta tanto jugar… —Se sienta a mi lado y yo no sé muy bien qué decir. Sonrío—. Una tarde fantástica, ¿verdad?
Me gustan sus ojos. Son espigados: grandes, algo rasgados, con la parte exterior que parece estirarse hasta el infinito.
—Me llamo Noa.
Mis palabras parecen sorprenderla. ¿Demasiado atrevida? Aunque aparece un jugueteo en su mirada, tarda en hablar.
—Yo soy Valeria. Encantada.
—Qué nombre tan bonito: Valeria.
—¿Por qué me miras así?
Me encojo ligeramente de hombros y vuelvo a sonreír.
—Tus ojos.
—¿Mis ojos?
—Sí, me gusta el efecto que hacen las motas doradas con el verde. —No quiero que se sienta incómoda y cambio de tema—. Es muy cariñoso, ¿cómo se llama?
—Pecas, y es chica —me contesta, y sonríe al tiempo que observa la dirección que marca mi dedo hasta el animal—. Es insaciable, ahí regresa otra vez.
La escucho hablar mientras vuelve a lanzar la pelota. Su voz es suave, serena, y mis preguntas no parecen incomodarla. Es el mejor momento, esos instantes iniciales, cuando alguien te abre la puerta de su interior por primera vez, y comienza a deshilvanar los enredones que conducen a su alma.
Una suave brisa ondula los mechones que cubren su espalda. Toma su melena con ambas manos, la voltea y deja que caiga sobre uno de sus hombros. Yo me froto los brazos con ambas manos.
—¿Tienes frío?
—Un poco, pero me gusta esta sensación.
Mira su reloj y se incorpora.
—Voy a recoger las cosas de Pecas, se está haciendo tarde. Recuerda. —Señala la nota que todavía conservo entre los dedos al tiempo que se acerca y me da un beso en la mejilla—. Enseguida vuelvo, abuela. Te quiero.
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