Equipaje de horas | Aída Vergara
Llegarás al aeropuerto sin dormir, tu Uber pasará por ti a las tres de la mañana. Tienes la certeza si lo haces, corres el riesgo de no despertar.
Estás indecisa si ir a la reunión que te invitaron y de ahí irte sin dormir a tu viaje, dormirás llegando, piensas.
Te encuentras en la terminal aérea cuando la madrugada todavía no se decide a culminar. Arrastras la maleta como si el sonido pudiera pedir permiso por ti. Miras el tablero. Buscas tu vuelo. ¡No está!. Luego aparece, pero no como debería: ¡sobrevendido!.La palabra cae como cubeta de hielo en tu cerebro.
Te acercas al mostrador.
La empleada no levanta la cabeza.
Teclea.
Te pide el código.
Se lo das.
Asiente sin interés.
-En este vuelo usted ya no sale-dice, como si hablara del clima.
Los movimientos de la empleada son mecánicos, fríos. Detectas la sensación de estar hablando con una máquina, algo que ya no te sorprende. Desvías tu mirada hacia la pantalla de su computadora como si allí estuviera toda la verdad.
Mientras el cursor parpadea delante de sus ojos, sientes el peso de la madrugada en tus párpados. No has dormido. Te sientes fatal.
Ella levanta la cabeza apenas, sin expresión.
-Lo siento, señora-informa con la misma entonación burocrática-su vuelo está ¡sobre vendido!.
Después de haber escuchado la palabra por tercera vez, quedas exhausta como si hubieras perdido una discusión sin haber hablado. Entiendes entonces que sobrevendido no es lo que pasó con el vuelo, sino lo que pasó contigo: alguien decidió que sobrabas.
-Verá-contesta la empleada, clavando sus dedos largos en el teclado
– La solución es tomar el siguiente vuelo mañana por la tarde si queda espacio, ya que es temporada alta.
Sacudes la cabeza entumecida. Sabes que es inútil apelar, no hay remedio viajaras mañana por la tarde.
Aceptas el vuelo del día siguiente por la tarde como se acepta una condena leve: sin protesta, con una esperanza mínima de que al menos ocurra.
Llegas puntual, incluso antes de lo necesario, como si la obediencia pudiera reparar algo.
Te sientas frente a la puerta de embarque y decides no pensar. Esta vez no miras el tablero con miedo; lo miras con cansancio.
¡Vuelo demorado! aparece en el panel de vuelos.
Cambia de minutos a horas. Al principio todavía cuentas el tiempo, haces cálculos inútiles, te prometes que no será mucho.
Después de la segunda hora, el cuerpo empieza rendirse: la espalda duele, los párpados pesan, la paciencia se vuelve un objeto frágil que prefieres no tocar.
A la tercera hora ya no te indignas. La rabia se ha gastado como una moneda pasada de mano en mano. Lo que queda es una quietud tensa, una forma de resignación que no consuela. Te vuelves experta en esperar sin esperar nada. Miras a los otros pasajeros como si todos compartieran un mismo cansancio, aunque nadie lo nombre.
Cuando anuncian la quinta hora de demora, algo se apaga del todo. No es sorpresa, no es reclamo. Sientes una tristeza seca, sin dramatismo, tienes la certeza que nunca volverás a viajar en temporada navideña.
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