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Entre miradas | Roberto Vega

Entre miradas | Roberto Vega

Bruno observó a su cuidadora Nuria mientras jugaba con su balón favorita: sentada en uno de los bancos del parque, la joven leía una novela. Nuria se apartó un mechón de la cara que la brisa de la tarde había soltado de su coleta, dejó el libro sobre el regazo, y sacó un móvil de su bolso. La cara de la joven se iluminó al tiempo que sus dedos recorrían el teclado. Dejó de escribir, alzó el teléfono a modo de espejo y comenzó a atusarse el pelo con la cabeza ligeramente ladeada.

Un niño se acercó a Bruno. Era pelirrojo y tenía un moco verde reseco en la punta de la nariz. La línea que formaban sus labios estaba torcida hacia arriba en una mueca imposible que casi llegaba hasta sus ojos. Estos parecían carentes de emociones. El niño, con un gesto de asco, cogió la pelota de Bruno, le dio un puntapié con todas sus fuerzas, y salió disparado en dirección a un grupo de mujeres que hablaban distraídas. Bruno encontró la bola entre unos arbustos; se prometió que la próxima vez daría un buen escarmiento al pelirrojo.

Cuando regresó, vio a Nuria en compañía de un joven. Estaban sentados, uno frente al otro, en el mismo banco. Reían, y ella parecía relajada. Se había deshecho la coleta, y su melena azabache le cubría media espalda. Sus mejillas parecían más rojas y no dejaba de hacer tirabuzones con el pelo.

Bruno no podía escuchar la conversación de los dos jóvenes a tanta distancia. Se acercó intentando hacer el menor ruido posible hasta ponerse a su lado. Se enteró de que el recién llegado se llamaba Carlos. Su acento le pareció extraño, era como si acortara las palabras. No dejaba de hablar, gesticulaba con los brazos y sonreía cuando ella lo hacía; a Bruno le gustaba la sonrisa de Nuria. 

—¿Este es Bruno?

—Sí —Aunque Nuria contestó sin apartar la mirada de Carlos, a Bruno no le importó, le encantaba la forma que hacían las cejas de la muchacha cuando las arqueaba.

En ese momento, Bruno vio su pelota pasar a toda velocidad. Miró hacia abajo: «Maldición», no estaba allí. Cuando levantó la mirada, se confirmaron sus peores sospechas: el pelirrojo y otros dos niños estaban jugando con ella.

Bruno era consciente de que estaba en un lío. Quería su balón, era suyo, pero le daba pavor enfrentarse a los tres niños: eran más grandes, y sabía que no le caía bien al pelirrojo, por lo que ir sin más no le serviría de nada; solo tenía una ventaja: era más rápido que ellos. 

Diseñó un plan. Rodeó agazapado los setos que delimitaban la zona donde estaban los otros tres, y permaneció unos minutos oculto; tenía que esperar su oportunidad. Tuvo suerte, el pelirrojo comenzó a discutir con uno de sus compañeros y, con la cara roja a punto de explotar, golpeó la pelota en dirección al lugar donde Bruno continuaba oculto. Este no se lo pensó dos veces, se incorporó, atrapó la bola y salió a toda velocidad en dirección al banco donde Nuria y Carlos conversaban. Bruno escuchó los gritos de los otros tres. Podía imaginar sus cuellos enrojecidas y sus caras desencajadas, pero él se sentía victorioso, y esa emoción hacía que corriera más rápido.

Cuando llegó a la altura de su cuidadora, Bruno jadeaba sin apenas resuello. Miró a su espalda, una de las mujeres del grupo negaba con la cabeza en dirección al pelirrojo y le indicaba con su brazo la salida del parque. Vio desaparecer al grupo de madres con sus hijos, y no pudo evitar emitir una sonrisa triunfal.

—Ah, Bruno, estás aquí, ¿dónde te habías metido? Vamos, tenemos que irnos a casa, es tarde. ¿Nos acompañas? —quiso saber Nuria; su mirada cómplice se había detenido en Carlos.

—Claro, me queda de camino.

De repente, el parque parecía desierto mientras los últimos rayos del día se desvanecían entre las ramas de las acacias. Nuria cogió una correa de su bolso y la prendió con delicadeza del collar que Bruno llevaba en su cuello. Después, acarició su lomo con ambas manos. Él, con la lengua fuera, batía la cola con fuerza.

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