Encuentro de almas

Gonzalo Tessainer

De todas las leyendas que mi abuelo me contó cuando era niña, recuerdo una en especial que afirmaba que el mar tiene alma de mujer, pero de mujer caprichosa, ya que puede regalarte la mayor calma y mecerte con la suavidad de sus olas si se le antoja pero, en cuestión de minutos, es capaz de enfurecerse y destruir todo aquello que ose surcar sus dominios. A raíz de esas palabras, mi fascinación por el mar comenzó, y las ganas de conocer sus secretos se hicieron casi incontenibles a medida que iba abandonando mi niñez.

    Puede ser que fuera casualidad o, simplemente, otro de los caprichos de aquella alma femenina cuyo cuerpo se dibujaba en mi mente con el fino trazo de la sal y los colores de los arrecifes, pero hubo una noche en la que el mar me brindó su mano ensortijada con perlas para sentir su corazón más cerca del mío. Por muy cruel que parezca, aquella madrugada en la que unos piratas destruyeron mi aldea y tiñeron de rojo sus caminos con la sangre de sus habitantes, esto significó el comienzo de mi vida.  No me importó que me capturaran privándome de mi libertad, ni que durante meses me obligaran a hacer todo tipo de trabajos en contra de mi voluntad.  Esa esclavitud a la que fui sometida suponía un pequeño precio a pagar por poder estar rodeada de aquella alma. 

    —¡Princesita, es hora de despertar! —dijo con sorna uno de los piratas mientras me tiraba a la cara un cubo de, quiero creer, agua—. Hoy es tu día de descanso. Solo tendrás que fregar la cubierta del barco —finalizó con una carcajada.

    —¡Por favor, deseo ser una pirata también! ¡Haré lo que me digáis, pero quiero ser igual que vosotros! 

    —¿Tú? ¿Una mujer pirata? ¡Ni el mar te tomaría en serio! 

    —¡Lo ruego! ¡No os defraudaré! 

    Tras mucho insistir en las sucesivas semanas, mis súplicas comenzaron a tener respuesta y poco a poco me encomendaron más trabajos relacionados con la piratería y con el mundo de la navegación.

    En una jornada que asaltamos un barco y obtuvimos un gran botín, lo celebramos al caer la noche. Cuando el hada de la embriaguez besó a toda la tripulación menos a mí, el capitán me encomendó una nueva tarea. 

    —¡Princesita!, esta noche te encargas de la vigía del barco.

    Una vez que todos se durmieron, agarré el timón y observé la inmensidad del océano a la vez que me dejaba cautivar por el sonido de las olas. Mi necesidad de estar con el mar ya no se veía saciada con el simple hecho de vivir en un barco. Quería más. Pero no sabía cómo conseguirlo. Sumida en los pensamientos de mi obsesión, pasaron las horas, hasta que una voz hizo que los amarrara en el puerto de mis anhelos por un momento. 

    —¡Al final lo has conseguido! ¡Eres toda una pirata, Mary Read! —escuché a alguien decir desde el agua.

    —¿Quién anda ahí?  

    Para mi asombro, el mascarón en forma de sirena cobró vida, y se zambulló en el mar. Tras hacer unas acrobacias bajo el agua, salió a la superficie y pude ver su rostro; sus ojos plateados hacían juego con la luna. Las pequeñas gotas que decoraban su cara se deslizaban por sus mejillas como si de estrellas fugaces cargadas de deseos incumplidos se tratase y su melena negra combinaba con la oscuridad del cielo de esa noche. 

    —¿Quién eres? ¡Debo estar soñando! 

    —¡No te asustes, Mary! ¡Soy una simple mensajera! Tu abuelo siempre dijo que el mar tenía alma de mujer y no estaba equivocado. Pero sí erró en lo de ser caprichosa. También esta se caracteriza por su timidez, por su dulzura y, ahora mismo, por el amor que siente por una mujer que sacrificó su dignidad por estar cerca de ella. 

    —¿Qué quieres decir? 

    —Acompáñame y te llevaré hasta el lugar donde esa alma femenina habita y te espera. Un lugar en el que el tiempo no existe.

    Me lancé al agua y, dándole la mano a la sirena, me adentré en las profundidades de un mar en el que sus brazos me acunaron con la melodía de la eternidad de nuestro amor.